Algunas reflexiones -sin pretensiones- provocadas por la contemplación de las reacciones ante las muertes de gente conocida en este final de agosto.
Siento que se haya muerto Umbral igual que siento la muerte de Antonio Puerta o la de Enma Penella. Y lo que siento es una condolencia lejana y fría, la que nos produce conocer de la muerte de semejantes no tratados en persona, sino por la prensa, las películas o los libros. Un dolor que no lo es en absoluto. (Lo cual me hace mirar con sorpresa, media sonrisa y algo de espanto el poco pudoroso espectáculo de la pena general televisada en directo. Todos lloran como si hubieran perdido lo más querido. Qué descoque. Algo digno de un poco de reflexión). Por fortuna, su obra (el que la tenga) continúa disponible en el comercio. La obra del autor, lo único que debería ser lo conocido e importante.
Lo malo es cuando llegamos a saber más de la cuenta de un personaje público, cuando accedemos a su faceta artística o creativa y la mezclamos con sus bondades/mezquindades más puramente humanas, las mismas que tengo yo, el quiosquero o el vecino del 4º B. Desde que la comunicación entre los humanos en tan barata y tan eficiente, uno puede engordar su bagaje de conocimientos sobre la obra de los personajes públicos por mor de la televisión o de las revistas, por cualquier vía por la que viaje el cotilleo, lo insustancial, el detalle sobre su vida privada, que es lo que al fin y a la postre nos desvía la atención de su obra pura y dura. Saber anécdotas de la vida particular, saber hasta manías o vicios, es lo que nos impide apreciar, evaluar, disfrutar su obra en puridad, aleando nuestra apreciación con detalles de su carácter o de su personalidad (Me refiero al “Yo vengo a hablar de mi libro…” o al hijo póstumo que el sevillista nunca conocerá, por ejemplo), lo cual interfiere gravemente en la percepción que de la importancia de estas personas acabamos teniendo.
Veo a estas personas, a esta gente lejana que acaba de morir como seres que -casi seguro- dejan proyectos truncados. Igual que esas esculturas que podemos admirar sobre algunas tumbas de algunos cementerios: columnas rotas por su fuste cubiertas por un paño de piedra que uno se imagina de terciopelo negro. Lo inacabado. O lo que podía haber seguido dando frutos y ya nos los dará nunca. Si soy sincero, más allá de las posturas agradables que se suelen adoptar en estas circunstancias, mi condolencia es distante y fría, un poco impertinente.
Si me centro en Umbral, que es el que más cerca me cae (no soy futbolero y Penella no era mi actriz favorita), creo que en mi vida sólo he leído una novela suya. Me pareció una autobiografía entretenida y parcial, las andanzas de un niño huérfano pobre en la posguerra castellana. Además de esa novela, de vez en cuando he leído sus artículos periodísticos, aunque cada vez menos. Quizás lo leí más cuando escribía “Spleen en Madrid” (El País) que en esta última época (18 años) de “Los placeres y los días” en El Mundo. Y mi interés decreció precisamente por lo que decía más arriba, porque saber tanto de su vida privada interfería entre su arte y yo. Por ejemplo, me estorbaba saber que (decían que) había alardeado de haber sido amante de no sé cuántas señoras madrileñas cuyos nombres (decían que) salieron a la luz. Lo menos que uno (o una) debe esperar de un (o una) amante o ex amante es complicidad y respeto. Cierta lealtad. Perdón por el uso innecesario de masculinos y femeninos, pero creo que la complejidad que lleva implícita la palabra “amante” lo merece.
Sin embargo, no dejo de deleitarme con algunos detalles suyos. Por ejemplo, el 22 de enero de 1993 El Mundo publicaba (reproducida en la edición de hoy) una entrevista firmada por Manuel Hidalgo.
La entrevista entera ocupa dos páginas del periódico, pero me permito entresacaros una frase en la que ambos columnistas se refieren a las contradicciones del escritor. De los escritores. A mí me parece muy interesante porque todos los humanos tenemos contradicciones, pero los que escribimos, tenemos las santas narices de enseñarlas para que el viento les dé de frente. Y lo que es peor, para que cualquier paseante pueda arrearnos un par de mandobles sin ni siquiera molestarse en conocernos de nada:
“Don Miguel de Unamuno que fue un ensayista asombroso […] era una pura contradicción, dijo todo y dijo todo lo contrario de lo que había dicho. Pero todo lo que dijo era válido, entre otras cosas porque la verdad no existe. Lo único que importa es el hombre. El hombre es el mayor espectáculo para el hombre. Lo que el público consume es un hombre que le apasiona. Lo único que no se puede hacer es escribir mal y ser tonto. Yo prefiero las contradicciones de un genio a la coherencia de un tonto.”
Me gustará recordar a ese señor serio y agrio que (los que saben) dicen que ha sido maestro de articulistas por frases como esta.
Caroline de Beauregard — 31-08-2007 15:32:02