Anoche fui al cine. Estuve a punto de matar a la pareja que se me sentó al lado y que no paró de comentar y hacer conjeturas sobre lo que sería la siguiente escena. En voz (muy) alta. Sin cortarse un pelo. No veía a nadie hacer eso desde mi bisabuela Natividad, que murió con ochenta y tantos en los sesenta. Pero la pobre bisabuela Pacheco tenía una excusa, ella acogió mal aquello que llamaban cine y no entendía en absoluto qué era aquel invento llamado tele, tanto así que hasta saludaba y se despedía de los señores que daban las noticias o el tiempo. Ahora que el Parlamento Andaluz quieres sacar 15 leyes "a toda prisa", antes de que acabe la legislatura (leyes que nadie sabe como hacer cumplir), podían colar una más de rondón prohibiendo que la gente comentara las películas en voz alta. Una más... ¿a quién le va a importar?. Con la medida evitaríamos enervar a la feligresía que, normalmente, lo único que pretende es mirar y enterarse.
Acabo de llegar de ver la última de Tarantino, son casi las dos de la noche, una noche de septiembre que permite sudar con solvencia, y creo haber asistido a uno de esos momentos cumbre en la historia del arte (que nadie se me desmande ni se ría con lo que digo) en los que alguien sobrado de talento y valor se decide a hacer lo más difícil, lo más grave: cambiar las reglas. Sí, creo que Quentin Tarantino, tras demostrar que es un maestro del cine en varias ocasiones (“Pulp fiction”, “Jackie Brown”, “Reservoir dogs”, “Kill Bill”…), tras hacer saber a la industria y al público que narra y muestra como nadie, con esa voz tan propia, cambia las reglas en esta película.
Yo diría que la cinta tiene dos partes: en la primera, fiel a su estilo, presenta a los personajes con larguísimos diálogos insustanciales (o casi) que acaban por llevarte cerca del sueño. Una pesadez. En la segunda, aunque vuelve a haber nuevos personajes a los que introducir (todos menos uno de los presentados en la primera parte desaparecen en la segunda, ¡flish! Ya no están), es la acción por la acción, una locura, una desmesura que te lleva hasta el borde de un precipicio… y te quedas con los tacones aguantándote al suelo de ese borde, con las punteras al aire, con el vacío por debajo, sin saber si caerás hacia delante para estrellarte al fondo de la sima.
Es decir, Tarantino juega con la película (y con el “miranda”) como un niño con sus figuritas (“madelmans”, indios y vaqueros, lo que sea) en la alfombra de su salón -ahora hablan, ahora luchan, ahora…- y nosotros asistimos embobados a lo que el niño va inventando y a cómo nos lo cuenta. Se diría que el milagro en la gestión de un guión complejo que supuso Pulp fiction le importa un bledo y que el expansivo Quentin ha decidido que pasa de guión, que lo que vale son las sensaciones. Y por ahí se despeña, buscando sensaciones.
Todo lo anterior lo adoba con mil guiños al cine serie B (barato, con la calidad precisa) de los setenta (ahora te quita el color, ahora pasa de éste al blanco y negro sin razón, como si fuera un problema técnico en la cabina de proyección, cuando menos lo espera, simula cortes en la cinta o te enseña trozos de película dañada…).
Y algo de violencia y algo de sangre. No mucha. Los que achacan a Tarantino una condición de amante de la sangre y la violencia, aquí no encontrarán demasiada. ¿Qué es mucha violencia o mucha sangre?… no sé, eso va en gustos: ¿son muchos doce kilos de langostinos de Sanlúcar? Pues depende de si te los tienes que comer solo o acompañado, en una o en varias sentadas, con cerveza o a palo seco, sobre la arena de la playa o en un restaurante con aire acondicionado... o de si eres un enfermo con una parafilia langostinera que recomienda mantenerte atado hasta para estornudar. Es decir, como decía aquel: “To pende”.
Hay quien dice que se huele la sombra gamberrísima (aún más) de Robert Rodríguez tras Quentin. Desde que se ligaron (que yo sepa, por primera vez) para rodar “Sin city” (“La ciudad del pecado”, aunque hay quien traduce ese título como “Ausencia de ciudad”), película cercana al cómic dirigida por el hispano norteamericano, dicen que Tarantino se ha vuelto más gamberro y menos serio en su tratamiento estilístico. Desde que son amigos y trabajan juntos, sus producciones tienen la virtud de hacer que me vea a mí mismo sentado de culo en esa misma alfombra donde ambos juegan como niños con sus muñecos (yo sin tocar nada, claro).
No postulo que las sesiones tarantinescas sean aconsejables siguiendo una cadencia demasiado frecuente (semanal, mensual), pero de vez en cuando, dejando pasar los meses necesarios para olvidar los detalles y poder volver a reverdecerlos, hay que reincidir, en una nueva visión, es un placer. Y esta peli es un buen ejemplo.
Bien por Tarantino, una vez más.
Al menos a sus incondicionales, nunca nos defrauda. Los que no lo sean, no tienen por qué ir, claro, para qué (es como los que hablan mal de algún autor de éxito sin leer sus libros) aunque… si vamos a ver chorradas como las que nos tragamos a veces, simplemente, porque las anuncian en televisión o porque las firma determinado nombre… esta la podían ver, al menos, como poco, los aficionados, los aficionados al cine… me vengo a referir…
Que sean buenas las noches, amigos.