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Frases dobladas en el estómago (Relato de Carmela Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 10-09-2007 10:50:13

Este relato obtuvo una mención especial del jurado en “El Coloquio de los Perros”, premio que se concedió durante el pasado mes de junio. El tema del certamen era “Superhéroes”.



El viento, muy suave, mueve una tapa de yogur. La eleva para que recorra brevemente la fachada azul que está situada justo enfrente y la deja caer al instante.
Eso veo en cuanto abro los ojos.
Ahora mi respiración es fluida, natural, mecánica.
Me fijo en los zapatos que hay a mi alrededor. Tres pares de zapatos quietos, mirándome sin decir nada. Los marrones y los negros son de hombre y creen que aún estamos en invierno. Las sandalias con pedrería saudita están llenas de piel, dedos y carne femenina. Demasiado verano para esos pies, porque el calor, lo que se entiende por calor, aún no ha llegado.
Oigo la voz que proviene del par marrón. Una voz grande, excesiva para un cuerpo tan pequeño, o eso me parece, porque hago ese descubrimiento mientras sigo sentado en la acera, mientras la realidad se distorsiona al mirar hacia arriba, hacia esa cara que me habla con voz enorme, desmedida, grave.
Ni le escucho.
Dice algo sobre la Policía, que ya viene. Algo sobre mi estado de salud: que si me encuentro bien, quiere saber.
Y la frase a ti qué coño te importa se me queda doblada en el estómago, que es de donde salen las frases dichas con mala leche. De donde salen, también, las palabrotas y los insultos. A mí siempre se me han quedado dobladas y no ha salido ni una al exterior. Tampoco han salido nunca los tacos ni las vejaciones orales, porque eternamente he sido el hijo modelo de mi madre, el buen chico del barrio, el príncipe azul destronado unos metros atrás, cuando llamé a Azucena y ella me dijo que lo dejáramos correr.
El viento vuelve a mover la tapa del yogur y al baile se añade un sobre vacío con el logotipo de La Caixa y un folleto publicitario 3 x 2 de Telepizza.
Absurdo.
Yo mismo soy un absurdo sentado en la acera, con la espalda apoyada en un escaparate y la cabeza aún gacha, reponiéndome del mareo tras los puñetazos recibidos y notando ya la inflamación de unos labios que no me permiten pronunciar las palabras de agradecimiento que esperan los dueños de estos zapatos. Y, sin embargo, me alegro que la hinchazón no me permita sacar esas palabras de mi interior, porque todas vienen del estómago dolorido y están cargadas de mala leche, de insultos y de palabrotas. En los cómics de hace décadas, los personajes decían rayos, truenos y centellas. Pero no son esos los vocablos que yo diría en este momento, no. Yo echaría fuera sapos y culebras que me permitirían una transformación sobrehumana, que dejarían mi cara de color verde y mi cuerpo lleno de escamas o con una aleta de tiburón en la espalda.
Algo así.
Una transformación de cómic es lo que yo necesito.
Y puestos a pedir, que no me transformara en héroe, sino en villano.
Vale, prefiero lo del superhéroe.
Intento levantarme y la voz que corresponde a las sandalias femeninas de pedrería saudita, con sus rubíes falsos y sus zafiros también falsos, esa voz, me ordena que no me mueva y, para dar mayor énfasis a sus palabras, coloca en uno de mis hombros una mano firme y llena de anillos africanos. Zulúes, tal vez. Me lo ordena con voz chillona de persona acostumbrada a mandar, me digo. Igual que mi madre. Dentro de un rato me llamará al móvil, seguro, para preguntarme qué tal la entrevista de trabajo.
La entrevista... Seiscientos sesenta y seis metros me separan del lugar en el que me esperan para ofrecerme un puesto de vendedor de pisos. Perdón: Agente de la Propiedad Inmobiliaria. Un API. Un nombre un tanto vegetal, creo, para ser tomado en serio.
Y cómo me presento ahora con esta cara que comienza a hincharse. Lo noto en la mejilla izquierda, por debajo del ojo. Noto que los latidos de mi corazón se quedan ahí adheridos, en esta mejilla, y no sé si es el movimiento de sístole o el de diástole el que consigue aumentar la densidad de la carne magullada.
Una entrevista laboral que iba a cambiar el rumbo de mi vida. Y resulta que el rumbo lo puede cambiar cualquier disparatado acontecimiento. Un paso de peatones, por ejemplo. Un coche que no cede el paso a un peatón que soy yo mismo. Una llamada telefónica, seis o doce minutos antes, de ese peatón a su novia, la cual, trescientos treinta y tres metros atrás, le dijo al chico que ahora está en el suelo, entre dos pares de zapatos masculinos y unas sandalias femeninas, le dijo, que lo mejor era dejarlo correr.
Así, sin más.
Y por teléfono.
Como si lo más normal del mundo fuera abrir tratos y cerrar relaciones a través del móvil.
Y, tras esa llamada, que he pagado yo, un mensaje de Movistar para decirme que mi saldo era inferior a tres euros.
Por eso ahora me digo que para qué llamar a mi madre. ¿Para contarle que la relación amorosa con Azucena ya no existe? ¿Que me han dado una paliza? ¿Que mi futuro laboral se ha transformado en un futuro imperfecto? Para qué llamarla, digo, si con su retahíla preguntona agotará la reserva de minutos de un teléfono que me vincula al mundo controlador en el que me muevo.
Me levanto sin escuchar las palabras de los rostros que hasta hace unos momentos sólo tenían zapatos (dos pares de invierno, uno de verano). Sé que les decepciono con mi huida.
Una huida lenta, hecha de pasos inseguros.
Qué más da.
Decido cruzar por el mismo paso de peatones que tanto ha cambiado mi vida.
No entiendo por qué el Corsa amarillo me cortó el camino si yo ya estaba pasando por las rayas anchas de la cebra asfáltica.
Sí, ya sé que iba cavilando respecto a la ruptura con Azucena, pero mi cuerpo aún era visible, no me había transformado en el fantasma en el que, deduzco, me convertiré a partir de ahora, en cuando se me deshinche la cara y el estómago deje de quejarse por el golpe recibido. En cuanto deje de interesarme el mundo y sus habitantes desquiciados, me convertiré en un fantasma más en esta ciudad donde nadie importa a nadie.
Sigo sin comprender que la conductora no frenara para dejarme pasar y que se quedara parada delante de mí negándome el paso mientras ella miraba a su derecha por si venía algún coche. Y a su derecha, fuera del Corsa, tieso como un bicho-palo sorprendido, estaba yo. Y también a su derecha, pero dentro del vehículo y serio como un juez, estaba su copiloto, con la ventanilla bajada, con el cinturón desabrochado, con el tatuaje de una serpiente en el antebrazo, con una cruz de Caravaca y un anillito de plata y una medalla de una Virgen y una placa de esas del RH, con todas esas joyas, colgadas de su cuello gracias a una gruesa cadena de oro. Todo esto lo vi en el largo instante, tres segundos, que me mantuve firme, como cuando hacía la instrucción cada mañana en el Acuartelamiento del C.R.M. de Zaragoza.
Y yo, el hijo modelo de mi madre, el buen chico del barrio, el príncipe azul recién destronado, me convertí en el superhéroe de un cómic aún no dibujado cuando abrí la puerta trasera del coche saboteador y entré en él con la sana intención de cruzar la calle a través de ese acto irreflexivo.
Un allanamiento de vehículo en toda regla, diría un fiscal.
Pero la otra puerta, la que se situaba al lado contrario, fue abierta por un rapidísimo copiloto que ya no estaba serio como un juez sino irritado como un aficionado al fútbol ante una falta del equipo contrario. Y me lanzó, sin contemplaciones, en la mejilla izquierda, un puñetazo que llevaba incorporado un anillo en forma de calavera. Un anillo enorme que yo no había observado en los tres segundos de dedicación a su tatuaje serpentino y a su repertorio de joyas protectoras que colgaban en su cuello inflamado de venas a punto de estallar.
El golpe en el estómago vino inmediatamente después y me dejó abatido en las rayas de la cebra asfáltica.
El Corsa amarillo se alejó al mismo ritmo, urgente y rápido, con el que se acercaron los primeros zapatos: el par marrón. Poco después lo hicieron, a la vez, los negros y las sandalias, por eso creo que éstos formaban una pareja de voces, de almas, de cuerpos descompasados, porque uno sentía que vivía en pleno invierno y el otro estaba ya disfrutando del verano. Como Azucena y yo, me dije en ese momento, totalmente descompasados: ella pidiendo una libertad que no creí que necesitara y yo recibiendo de ella la independencia que no le había solicitado y que me concedía, generosamente, a través del móvil.
El viento ya no es suave y arrastra ahora las hojas que han perdido algunos árboles, cuyos nombres desconozco porque soy de ciudad, no de campo. También mueve una bolsa del Mercadona que se siente tan ligera como una saltadora de pértiga, atreviéndose a llegar hasta la mitad de la altura de una farola con el cristal roto. Un viento que arrastra, además, dos hojas de periódico que pertenecían a la Sección Motor cuando aún formaban un solo cuerpo y un solo espíritu con la totalidad del diario.
No me importaría que el viento se volviese huracanado y dejara caer un techo de Uralita sobre mi cabeza.
Llego al final de los seiscientos sesenta y seis metros que tenía que recorrer antes de que la vida cambiara para mí y miro la placa dorada del lugar en el que me esperaban media hora antes para hacerme una entrevista laboral que hora se quedará en un sueño roto, como esos despertares provocados por una moto con el tubo de escape recortado, por los ladridos nocturnos del San Bernardo de al lado o por las canicas saltarinas del crío que vive arriba.
Contemplo en la placa el reflejo dorado y dolorido de mi cara lastimada. Ahora, lo único real que tengo es esta hinchazón facial y un estómago que comienza a reponerse y al que temeré sus reacciones a partir de este momento porque, deduzco, con toda seguridad el puñetazo recibido ha roto el filtro estomacal que retenía las frases cargadas de mala leche, de insultos y de palabrotas.
Lo noto ya.
Percibo cómo esas frases se desperezan y se desdoblan dentro de mí, en ese espacio tan reducido que se encuentra detrás del ombligo.
A partir de hoy, lo sé como puedo saber que la masa de las nubes varía de color según cómo reciba la luz solar, a partir de hoy, esas frases saldrán tan libres de mi estómago que me veré obligado a renunciar a los títulos que hasta ahora regentaba sin haberlo solicitado democráticamente. Títulos que me fueron impuestos a dedo, como todo lo que proviene de la autoridad desmesurada del fuerte hacia el débil, a saber: el hijo modelo de mi madre, el buen chico del barrio, el príncipe azul destronado.
A partir de hoy, el superhéroe que me habita se despereza y se desdobla al compás de esas frases guardadas en mi estómago.

Escrito por Flor de Loto
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Comentarios

  1. Este relato me ha producido una sensación muy placentera conforme lo leía. Me ha hecho sentir compasión hacia el protagonista, con su iniciativa siempre a la espera y subyugado a los deseos de los demás y al comportamiento ejemplar.
    Quiero pensar que su voluntad es lo suficientemente firme como para ser capaz de renunciar al título que le han asignado, y que esas frases dobladas con intensidad en su estómago salgan al exterior erguidas y con fuerza.

    Caroline de Beauregard — 11-09-2007 16:29:34

  2. Caroline, gracias por tu comentario. Yo también espero que, tras el punto y final del relato, el protagonista pueda, por fin, hablar con la voz clara y contundente de los que saben lo que quieren. Un saludo. Carmela.

    Carmela — 16-09-2007 11:08:02


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