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Hasta mañana (Relato de Mª Fernanda Trujillo)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 10-09-2007 09:15:02

"A Mª Fernanda le abruma la generosidad de Quintín. Su amistad le honra. Y ante su petición, no le queda otra que compartir su relato con Arponeros, aunque tenga las mejillas del color del botón que acompaña al comentario del amigo..."












Hasta mañana

(Relato finalista en el II Certamen de Relato Corto y Poesía Jirones de Azul")

La separación de Pilar y Rafael fue absolutamente civilizada. Algo fuera de lo común, porque la mayoría lo hacía de forma traumática, lo que redundaba en costes económicos y, sobre todo, emocionales, según comentó el abogado. Ellos, sin embargo, quedaron tan amigos. Tanto, que seguían frecuentando conocidos y salían juntos con relativa frecuencia. Un ejemplo para tantas parejas que pudieran encontrarse en la misma situación, afirmó también el abogado.

Aquel viernes fue, como todos los viernes en la central, una locura. Prisas de fin de mes, cierre contable. Y yo, agotada, camino de casa. Soy escuchante de cadena fija en la radio del coche pero, esa tarde, rendida como estaba, me dejé llevar por la primera que pude sintonizar: el consultorio de Rosa nosequé. Y fue en esas cuando me enteré, al principio distraída y luego con cierta curiosidad, de la vida en común o, más bien de su final, de Pilar y Rafael. Aunque era la chica quien se atrevía a poner en antena sus inquietudes particulares. La historia me encandiló y me quedé en la onda, enganchada al consultorio de la tal Rosa. Confieso que, por una vez, agradecí el atasco de la autopista. El incidente me permitiría escuchar toda la versión.

Veintiséis años de matrimonio. Sin hijos. Los primeros años se cuestionaron la paternidad pero después fueron amoldándose a esa convivencia cómoda, de hábitos esperados y sin sobresaltos. Una noche, tras la intimidad –pactada, el mismo día, una vez por semana- Rafael preguntó a Pilar: “¿Y si nos separáramos por un tiempo?” Y ella, contra todo pronóstico, como si lo hubiera estado deseando desde hacía mucho, respondió un “¿Y por qué no?” Y se volvieron, cada uno hacia su lado de la cama, con un “Hasta mañana”.

Después de sortear el atasco, un individuo embutido en un coche deportivo, dos plazas de amarillo fluorescente, estuvo a punto de fastidiarme la audición. “¿Acaso no miras por donde vas, imbécil?” –dije con toda la energía que me permitió la garganta, seca de pronto ante la arremetida frustrada de aquella bestia tuneada. El aprendiz de campeón se limitó a hacerme un gesto de mal gusto con el dedo medio de la mano derecha y pasó de largo zigzagueando, dispuesto a embestir a otro prójimo en la autopista. Por un momento temí haberme perdido parte de la confidencia de Pilar, pero después comprendí que la maniobra para librarme del imbécil del deportivo amarillo había sido breve.
Mi, ya para entonces, amiga desconocida seguía con su declaración: “Cuando Rafael apareció, no lo reconocí. Hacía tiempo que no nos veíamos, tal vez un par de meses, y habíamos quedado con un grupo para cenar y asistir al último concierto de temporada de la Filarmónica. Porque he de decir que la música clásica era algo que siempre nos había unido. Pero, para empezar, llegó con retraso. Él, que siempre era tan puntual. “Perdona querida, no voy a poder acompañaros; he venido por cortesía. Voy a un concierto de rock que comienza dentro de media hora. Ya nos veremos otro día”. Y me dejó un beso en cada mejilla. A Rafael siempre le había gustado llevar el pelo ligeramente más largo de lo habitual, aunque invariablemente peinado hacia atrás, engominado. Y nunca le había gustado vestir informal; todo lo contrario. La colección de trajes de firma hizo que tuviéramos que habilitar un armario extra en nuestro dormitorio a costa de una habitación contigua. Siempre llevaba corbata. Yo se las compraba por pares a juego con las camisas, que también le regalaba yo, gemelos incluidos. Aquella noche, sin embargo, llevaba el pelo excesivamente largo –los dos meses sin cortar, como mínimo- recogido en una coleta, de mala manera. Un pendiente asomaba brillando en el lóbulo de su oreja izquierda, y la camiseta y el pantalón, negros los dos, marcaban su delgada silueta. Los brazos, nervudos, se dejaban ver desde las mangas cortas. ¡El que nunca había llevado mangas cortas antes! No le favorecían; yo se lo tenía dicho. Para colmo, calzaba unos deportivos de pésimo gusto. Debió adivinar mi sorpresa y apostilló, casi de paso, antes de marcharse “Así estoy más cómodo”. No presté atención a la Filarmónica. Tampoco dormí en toda la noche. No concebía un cambio tan radical en alguien tan pendiente de su imagen como Rafael. Tendría que haber otra persona. Seguro. Quise evitar cualquier reproche, cualquier pregunta inoportuna; al fin y al cabo llevábamos vidas separadas de común acuerdo, civilizadamente ejemplar a decir del abogado. Pero lo llamé por teléfono y, de algún modo, le pedí explicaciones. El me atendió solícito, con paciencia, con la ventaja del conocimiento y la complicidad compartidos durante años. “No hay ninguna otra persona. Es mucho más simple: ahora ejerzo de yo mismo. Quizás tú debieras plantearte hacer lo propio, Pilar. Por cierto, nunca me gustaron los zapatos negros, siempre preferí los deportivos. Y siempre me gustó el rock” –me dijo antes de despedirse”.

Rosa nosequé leía la confesión de Pilar con un entusiasmo contagioso. Me pregunté si no sería un truco para ganarse al auditorio invisible del que yo formaba parte. “Y me dio rabia –siguió diciendo la locutora, prestando voz a Pilar-. Porque yo creía que lo conocía. Y resulta que había convivido con un extraño. Un extraño que yo había gestado. Yo lo había hecho abominar de sí mismo, engominado y encorsetado en trajes y corbatas incómodos. Y me dio rabia el desconocimiento y la incomprensión de tantos años. Por eso escribo a tu programa, querida Rosa –comentó Pilar desde su carta, en boca prestada- por si sirve de lección para alguna de tus oyentes. Ahora estoy en tratamiento psicológico, a ver si logro encontrar sentido a mi vida yo también”.
- ¿A qué no sabes quién ha venido? –dijo Lola, asfixiada tras subir las escaleras. Rosa nosequé, ay chica, no me acuerdo del apellido. Sí, mujer, la del consultorio radiofónico de Onda Siete. Tiene una cita con el Director General. Por lo de la póliza, creo. María nos la va a presentar a todas. Dicen que es encantadora. ¿Vendrás? - siguió, medio asfixiada todavía.
No pude resistir la curiosidad; no ya por Rosa, la prestadora de voces, sino por la confidente de las ondas.
- ¿Has vuelto a contactar con Pilar, la chica del marido que se encuentra a sí mismo tras muchos años de matrimonio? –pregunté a la locutora, una vez hechas las presentaciones preliminares.
- ¿Te refieres a la carta que se leyó en el magazín del miércoles pasado? Ficción, nada más que ficción, amiga mía. La gente no revela tanto como parece, sobre todo en lo que se refiere a su vida privada. De modo que lo escribimos nosotros; los guionistas, quiero decir. Yo sólo les pongo voz. No me dirás que no es creíble ¿verdad? Podría ser real. La vida supera a la ficción; es lo que se suele decir siempre ¿no?

Hacía calor. No conseguía conciliar el sueño. Algún mosquito impertinente se cebaba con mis piernas descubiertas de noche de verano. A Julio le debía pasar lo que a mí porque tras el “Hasta mañana” rutinario después de veinte años de cómoda convivencia, se movía de un lado para otro de la cama, inquieto.
- Que digo yo, ¿y si nos separáramos...? –comentó Julio.
- ¿Acaso no te gustan los trajes? ¿Las corbatas? Puedes ponerte los deportivos que quieras; a mí no me importará en absoluto. Y mira, no estará mal una nueva imagen. Puedes dejarte el pelo tan largo como te plazca.
- ¿Qué mosca te ha picado, Concha? O peor, ¿qué mosquito? A mí me están matando. No me has dejado terminar: ¿Y si nos separáramos mañana en el híper? Con eso nos repartiríamos la compra. Tú en la cola de la carne, yo en la del pescado. Ten en cuenta que mañana juega España la final y no quiero perdérmela. Así podríamos volver a tiempo para el partido. ¿Y a qué viene ahora eso de las corbatas, el pelo y los deportivos? –continuó.

Reaccioné a tiempo.
-¿Deportivos? ¿He dicho algo sobre deportivos, sobre corbatas? Ha debido ser en sueños. Los mosquitos me están acribillando a mí también. Cerraré la ventana y pondré en marcha el aire acondicionado. Y no te preocupes por la final. Hasta mañana –dije, después de darle un beso en la mejilla.
- Hasta mañana, respondió Julio, devolviéndome el beso. Hay que ganar, cueste lo que cueste.
- Faltaría más –añadí.
Y me volví del otro lado y me quedé dormida, tranquila, como de costumbre.

Escrito por Figaro
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Comentarios

  1. Creo que este texto de lenguaje fresco y fluido,crea una complicidad entre lector y autor por enterarnos de su final,el cual nos va sorprendiendo con sus inesperados giros

    Esperanza — 13-09-2007 00:11:14

  2. Es estupendo María Fernanda. El ritmo impecable, la construcción lograda, el lenguaje, como dice Esperanza, fluido y cuidado. Nada, chica, que el maestro tiene que estar orgulloso de tí ;P

    Rosita Fraguel — 17-09-2007 11:02:23

  3. Felicidades¡

    Por el premio y por el trabajo que has hecho. He disfrutado su lectura.
    Es fresco, dinámico, creible, redondo. Me ha gustado mucho.

    Teresa — 20-09-2007 19:23:06

  4. Bienvenida a Arponeros, Teresa, y encantado de ver que te animas a animar la últimamente tan animada esquina de los comentarios.

    Quintin de Parma — 20-09-2007 22:46:12


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