Algunos razonamientos y opiniones sobre lo de sacar a los muertos del mar.
Se han empeñado en sacarlos. Hoy leo en la prensa que más de dos semanas después del naufragio, el “Nuevo Pepita Aurora”, el pesquero de Barbate hundido frente a su pueblo, ha sido enganchado por dos robots que han conseguido sacarlo de la sima marina donde se encontraba, a casi 200 metros de profundidad. El barco está ahora a 29 metros de la superficie: “Donde los buzos ya pueden trabajar”, ha dicho alguien en la radio. Un enorme esfuerzo de todo tipo, pero el caso es sacar los cinco cadáveres. O lo que reste de carne pegada a los huesos de algunos de esos cinco cadáveres.
Y no sé muy bien de quién habrá sido la idea, o la petición o la exigencia de buscar y sacar esos cuerpos de los salones oscuros donde el dios Neptuno ha decidido cobijarlos. No sé si habrá sido la llamada desesperada de unos familiares destrozados por el dolor que se encaja al bies en el cerebro cuando uno se convence de que cinco de los tuyos no volverán jamás. O puede que el rescate a ultranza de los desdichados cuerpos sea un detalle de los políticos, un flux de los gestores que nunca dudan cuando se trata de decidir en qué es mejor que gastemos el dinero de todos.
Tan mal me parece una cosa como la otra. De toda la vida, la gente de la mar ha perdido a sus hombres (normalmente las mujeres solían quedarse en tierra) y los han llorado. Y los han llorado. Y los han vuelto a llorar. Pero después de llorarlos mucho, con la fuerza que cada cual quería imprimirle a su llanto, simplemente, se han sentado a esperar. Esa gente marinera sabe que la mar lo devuelve todo. O casi todo. Hay veces que los cuerpos de los ahogados aparecen en una playa, más o menos lejana del lugar del naufragio y, otras veces, simplemente no hay nada que devolver porque los peces se han hecho más grandes y atractivos para los marineros que han de pescarlos alimentándose de algún compañero con peor suerte. Es como cuando vemos a un negro subsahariano en un semáforo, que alguno se pregunta. “¿Será este uno de los que penan tanto en esas pateras… y que ha llegado hasta aquí para venderme pañuelos a cambio de la voluntad?” Pues algo similar deberíamos pensar cuando nos presentan un hermoso besugo o un plato de lustrosas gambas (esas grandes carroñeras submarinas), que puede haber quien llegue a preguntarse “¿Estará esto tan bueno porque se alimentó, aunque fuese mínimamente, con trozos de marinero ahogado?”
Y eso no tiene nada de malo ni de extraño. Eso lo saben hasta los más pequeños del lugar. Se llame ese lugar Barbate, Bueu o Ondárroa, esté en Andalucía, Galicia o Vascongadas. La gente de mar es aproximadamente igual en todos sitios y saben que, cuando toca, sólo cabe llorar y esperar en la playa.
Creo que lo que cuestan los robots que han izado el “Pepita Aurora” hasta la superficie, lo que cuestan los buzos, lo que cuestan los barcos que han dado apoyo, podía emplearse en asuntos de más provecho para los españoles o para los andaluces. Es mucho dinero el que se ha invertido en sacar esos cinco cuerpos. O lo que sea que al final saquen. Nadie los necesita, ni siquiera sus familiares. Ellos saben con Machado lo de:
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar”
Los únicos que no lo saben, porque sólo se enteran de algunas —muy pocas— cosas, son esos políticos. Algunos han entrevisto una ganancia de sesenta o setenta votos si se hacen una foto diciendo que hay que sacar a los pobres chicos del vientre del Atlántico a toda costa. Para entregárselos a sus madres —dicen— o a sus esposas. Ave María Purísima, cuánta estupidez… Quizás esos mismos políticos, cuando les llegue su hora (quiera Dios que dentro de mucho tiempo), pedirán a sus deudos que tiren sus cenizas al mar. Una paradoja. Una vez más, ese dinero que parece no ser de nadie. Millones tirados al mar en un empeño tan estéril. Y en Barbate seguirán llorando.
Caroline de Beauregard — 19-09-2007 18:50:46