Tercera y última parte del relato de Teresa.
Frida reclamó agua y un peine. Juan, el carcelero que la había ayudado se lo dio. La prisionera aprovechó para preguntarle por su marido y su cuñado. Juan se limitó a sonreírle.
La sonrisa del joven carcelero la animó e incluso le hizo pensar que a lo mejor nada malo les había ocurrido. El hecho de que ella se encontrase ahí era obvio debía tratarse de una equivocación, seguramente la habían confundido con otra o tal vez alguien deliberadamente la había denunciado, pero ¿quién? Y sobre todo ¿Por qué? Volvió a su cabeza ese rostro, esos ojos, esos otros ojos, ese otro rostro, esa maldita mujer.
El peine se le cayó, estupefacta, su cabeza moviéndose de derecha a izquierda, en una negación continua.
Al recobrar algo de calma tras los primeros minutos de estupor, sintió una ira e indignación tales que le provocaron nauseas, vomitó. Trajeron una escudilla con algo parecido a una sopa, momento que aprovechó para exigir ver al teniente. Bebió un trago del caldo. Cesaron las nauseas, continuó peinándose y reflexionando sobre lo que diría al teniente.
Una vez que cesaron los temblores, los soldados penetraron en la casa golpeando y disparando.
Derribaron las jaulas de canarios, matando a Nerón mientras el escurridizo gato huía tras sus dueños. Francisco y Diego trataban en vano de tirar de Frida que quería retroceder a toda costa para auxiliar a Nerón. Uno de los soldados la alcanzó, asestándole un golpe en la cabeza con la culata de su escopeta. Cayó al suelo sin sentido.
Cuando estuvo frente al teniente acusándole, éste seguro de su poder, lo admitió. No tenía ninguna prueba contra ella, es más estaba seguro que no conocía al indio. Que en efecto, su falta, su crimen, había sido humillar públicamente a su hermana Laura.
Frida más preocupada por Diego que por ella misma, con voz firme, preguntó:
¿Se encuentra con vida mi marido?
Los dos hombres se pararon al ver a Frida en el suelo e inmediatamente fueron reducidos.
“Al pintor no lo toqueís”, dijo el que estaba al mando. Y dirigiéndose a ellos preguntó “¿Quién de vosotros es el pintor?
Diego señalando a su hermano dijo “ÉL”. Francisco negándolo le señaló, “ No, es él.”
- Asomaros al estudio y mirad la firma en los cuadros. Yo soy Francisco, el pintor es él, Diego, dijo Francisco.
El soldado regresó del estudio confirmándolo. Sin embargo seguía sin resolverse.
Los dos hermanos no dejaban de mirarla, sin poder acercarse a ella, que seguía sobre el suelo, inmóvil, alrededor de su cabeza un charco de sangre. Frida les parecía muerta así que lo que les quedaba era el empeño en salvar la vida del otro.
“ Jamás mueren en vano los que mueren por una gran causa “ las palabras de Byron cobraron sentido para Francisco y al mirar a Frida con un hasta pronto en la mente, vio como ésta abría los ojos. Con una seña advirtió a Diego y éste observó que su mujer seguía viva.
Fermín González de Todos los Santos no tenía una idea clara de que hacer con Frida. Laura podía sentirse más que satisfecha ya. La pintora había sido secuestrada, golpeada, insultada e incomunicada.
Sería poco conveniente y habría que dar demasiadas explicaciones si la prisionera al cabo de tres días de encarcelamiento muriera. Retener con cargos falsos era una cosa pero hacerla desaparecer algo muy distinto, aunque bien mirado podría retenerla un poco más e incluso contestar a su impertinente pregunta.
Y Frida volvió a formular su pregunta. Fermín González se puso de pie, se atusó el bigote y mirándola satisfecho, complacido de sí mismo, dijo: No hace falta que le diga lo que usted ya sabe, ¿verdad?
Los hermanos no fueron los únicos en darse cuenta que Frida había abierto los ojos, su mirada aterrada encontró el rostro ansiado. Su marido llevándose el dedo índice a los labios le pidió silencio. Ya aliviada cerró de nuevo los ojos, perdiendo la consciencia. El soldado que la vio despierta, calló y no dijo una palabra al sargento al mando de la operación. Después de todo no era problema suyo, que la mujer viviera o muriera le traía sin cuidado. No entendía que tenía que ver la familia de artistas con el Libertador. Tampoco entendió la redada del día anterior. Ganas de joder a la gente. Mejor estar en el cuartel jugando a cartas que metiendo culatazos a mujeres.
La prisionera miró a la cara al teniente, las nauseas volvieron y llevándose la mano a la boca no pudo reprimir un violento vómito. Fermín González se retiró a tiempo, aunque sin evitar que su impecable uniforme se salpicase. Enfurecido, llamó a los guardias, dando instrucciones precisas:
“Saquen a esta mujer de aquí, denle sus cosas, pónganla de patitas en la puta calle, antes que cambie de idea”
¿Mi teniente la prisionera está libre? Preguntó el soldado.
_ ¿No me ha oído? Saquenla de aquí.
Francisco comprendió que muriendo renunciaba de nuevo a ella. “Perderla de nuevo y esta vez para siempre” pensó. Casi lamentó que estuviese viva. Se esfumó su romántica idea de reencuentro en el más allá. Nunca se atrevió a confesarle su amor. Sabía que no era necesario, y también que ella nunca le había sido del todo indiferente. Aunque la pasión, el amor con mayúsculas era única y exclusivamente para Diego.
La vez que más cerca estuvo del cielo en la tierra, fue aquella tarde cuyo recuerdo le acompañaría siempre. Frida sentada junto a él hablándole de su otra pasión, su pintura. Francisco mirándola extasiado, las palabras fluyendo de su boca de labios carnosos, rojos, provocadores, que Francisco intuía sabrosos, incitadores y por primera vez se rindió a lo que todo su ser le pedía suplicante desde hacía tiempo, muchísimo tiempo y su boca fue la elegida para gozar de un instante de felicidad suprema.
Frida se vio sorprendida por unos labios que no pidieron permiso. Sus brazos quisieron frenar el empuje de su cuñado, aunque apenas empujaban el avance amoroso. Francisco besaba a Frida como el condenado a muerte que come su última cena. Sabiendo que esa sería la única y última vez.
“ Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, antes al contrario la hacen más profunda “ recordó Francisco. Inmerso en sus pensamientos no vio a su hermano que zafándose del soldado estaba arrodillado, auxiliando a su mujer.
- Mi mujer necesita un medico, gritó.
Y entonces se oyó un disparo y un cuerpo cayó al suelo muerto.
-Soldado, ¿quién le ha mandado disparar?
- Mi sargento, creí que iba a escapar, no lo pensé y disparé.
No tuvo tiempo de acercarse a la pareja, sólo tuvo unos segundos que le bastaron para morir mirando a Frida.
La luz de la calle, demasiado fuerte la obligó a cerrar los ojos. La brisa cálida animó su cuerpo y se recobró su animo. Abrió sus ojos y empezó a andar camino de su casa, aunque sin certeza, sabía que su marido estaría allí esperándola, al igual que sabía que no volvería a ver a Francisco. Una punzada dolorosa pasó fugaz por su pecho. Y acariciando su vientre continuó decidida camino hacia su casa.
Manuel — 25-09-2007 10:39:44
Esperanza — 25-09-2007 21:25:51
Tony — 27-09-2007 12:55:43
Alicia Rivera — 05-10-2007 20:23:50
Manuel Jesús — 29-10-2007 21:39:22