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Escribir para ver - Entrevista a Javier Marías (2 de 3)

Archivado en Trozos de prensa • Fecha: 24-09-2007 19:21:11

Segunda de las tres entregas con la entrevista firmada por Juan Cruz y publicada en EPS el 23/09/2007.


¿Y cuál es el chispazo de una historia así, en la que no sólo hay ficción, sino realidad, y éstas se juntan hasta que uno cree que usted habla de algo que le sucedió? ¿Cómo nace Jacobo Deza, el personaje del libro?
Jacobo, en realidad, nació hace dieciocho años. Es el narrador de Todas las almas. Y aunque esta última novela se puede leer independientemente de Todas las almas, no deja de ser el mismo personaje con muchos más años. ¿El chispazo? Ésta es una cuestión delicada; hace algunos años no hubiera podido abordarla en público porque una de las personas claves de la historia vivía aún, era sir Peter Russell. Un gran amigo mío. Era profesor, catedrático, un gran hispanista de la Universidad de Oxford. Y aunque a él no le gustaba hablar de eso, trabajó para el servicio secreto durante la guerra. Y la verdad es que tengo conocimiento directo, de primera mano, de algunas cosas relacionadas con el servicio secreto inglés. Recuerdo que sir Peter Russell decía que nunca contaría en vida nada de lo que había hecho o dejado de hacer porque no estaba dispuesto a ser pasto de dominicales. ¡Y aquí estoy, hablando de eso para un dominical! Además me dijo, y eso está reflejado en la novela, en el personaje que le corresponde, que oficialmente no tenía autorización para contar lo que había hecho setenta años atrás. Evidentemente, a partir de estos datos que conozco se produce una fabulación por mi parte. Y luego hay otro elemento que, en mis últimas seis novelas, aparece constantemente, y es un narrador que ha renunciado a su propia voz. Es un intérprete de vidas, un espía que tiene una cierta facultad para saber qué se puede esperar de las personas, sobre todo de las más cercanas, que son las que más daño nos pueden hacer.
El que es capaz de saber qué puede ser 'tu rostro mañana'.
Exactamente. En este volumen es donde más se encuentra ese personaje capaz de encontrarse con lo que será el rostro mañana. Ese personaje con esa facultad es la primera chispa, por decirlo así. En este tercer volumen también se explica cómo afectó la caída del muro de Berlín al servicio secreto británico y a los servicios secretos de otros países. Hubo mucha gente que perdió su trabajo, y muchas cosas cambiaron radicalmente. Durante diez u once años, muchos agentes secretos empezaron a ofrecer sus servicios a empresas privadas, y, por tanto, empezaron a tener otros clientes, los que en la novela se llaman "particulares-particulares". Ya no estaban trabajando sólo para el Estado.
Todo novelista debiera tener ese don de adivinación. ¿En qué grado se ha sentido usted intérprete de los rostros que ha ido conociendo?
En el fondo es lo que intentamos hacer todos, sobre todo en las personas que mejor conocemos. Conrad decía que escribía sobre todo para que la gente viera. Era el mismo afán que tenía cuando era marino. Lo peor que le podía pasar a un marinero era no ver. Yo escribo para que la gente vea. A veces ocurre que cuando más interés tenemos en ver, vemos menos. Al narrador de esta novela le pasa que cuando más falla a la hora de interpretar es cuando está mirando a las personas más cercanas.
En su novela, esa sensación de interpretar, de ver, de intuir, de creer, se produce de forma casi física, no sólo anímica.
Casi todos tenemos el empeño de creer. Lo que no se puede hacer es ir por la vida lleno de desconfianza. Hay que ir con buena fe, a pesar de todo. Queremos creer. Si alguien me dice algo que me parece bien, y es inteligente y noble, en ese momento lo último que quiero es desconfiar. Todos tenemos esa especie de optimismo que nos lleva a pensar que no nos van a engañar por sistema.
Los dos personajes mayores de la novela, Wheeler y el padre de Deza, dicen que las cosas van a ir a peor en el mundo.
Esos personajes están inspirados en personajes reales. El padre del narrador es mi padre, y Wheeler es sir Peter Russell. A ambos, ya viejos, les oí decir: "No sabes lo deprimente que es vivir en una época de decadencia cuando uno ha conocido otras épocas". Los que hemos nacido alrededor de 1950 hemos conocido épocas de las que ya no queda rastro, y también podemos decir eso.
El padre de Jacobo, en la ficción, dice: "Es triste asistir a una época de tontuna en todas partes". Y lo que dice Wheeler es: "La mayoría de la gente es tonta, tonta, frívola y crédula. No sabes hasta qué punto. Una permanente hoja en blanco sin la menor huella ni resistencia".
Yo creo que pasa más ahora que en otros tiempos. El grueso de la gente me ha dado la impresión de que ha renunciado a saber. Quizá el cúmulo de información es tan monstruoso que resulta engañoso. La gente confunde la información con el saber, y está, en general, cómoda con esa ignorancia profunda. Una de las cosas que decía mi padre era: "Creo que el hombre se está convirtiendo en un ser primitivo con mucha información". Y pienso que tenía razón. Se ha renunciado a la educación, a la cortesía. Hay muchas cosas que hacen que éste sea un mundo muy distinto.
En el libro alude usted al fenómeno de la telebasura, y a la gente que quiere aparecer a toda cosa en los medios.
Hay un grado de exhibicionismo que me llama mucho la atención. Se ha perdido en gran parte el pudor. Se ha perdido la distinción entre lo que se puede decir públicamente y lo que se puede decir en privado. Hoy ser hipócrita está mal visto, pero hay un mínimo de educación en el hecho de ser hipócrita. Se ha ido muy a favor de la transparencia, todo tiene que ser transparente, y todo el mundo ha acabado hablando de cosas que deberían dar vergüenza.
En el libro aparece también un fenómeno de la guerra mundial: la apelación al silencio, a que no se cuente nada por miedo al uso que de lo que se dice haga el enemigo. Es mejor no contar nada.
Sí, es la primera frase del primer volumen. No debería uno contar nunca nada? Y a medida que avanzó el libro me fui dando cuenta de que en él hablaba de todo, como en éste. Es lo que yo decía: la ambición del libro la va imponiendo el propio libro, mientras se hace. Me di cuenta de que es un libro que aspira a hablar de todo. Se habla de la guerra, de los tiempos de paz, de la violencia de género, del miedo, del Estado, y del patriotismo, si me apura. También es una novela amorosa, sobre la añoranza, sobre la culpa. Y fue haciéndose así, tal como se lee. Yo no trabajo con ordenador. Todo lo que hay está en mi cabeza. Hay algunas citas, de Eliot, de Rilke, que funcionan como un fondo musical; ésas no me las sabía, había que buscarlas, me di cuenta de que mi memoria no daba tanto de sí.
El capítulo 'Veneno' de esta última entrega es muy intrigante. Se habla en él de las cloacas del Estado, y eso le permite hablar de la policía, de lo que hace el Estado para defenderse. Se habla de mucho de lo que ha sucedido en democracia en nuestro propio país. ¿Cómo llegan esos asuntos al proceso de elaboración de la novela?
Las sociedades actuales exigen transparencia, que se sepa todo. Y creo que eso es erróneo. El Estado ha hecho cosas delictivas, y eso lo sabemos todos. Todos los Estados lo hacen. Pero en esa exigencia de transparencia hay un elemento de hipocresía. Lo normal es que la gente quiera creer que el Estado no hace nada, y hace muchísimas cosas. Y ahora también pasa que siempre que ocurre algo, un accidente, por ejemplo, lo que primero se hace es buscar culpables o responsables, no se acepta el azar. Y eso responde a una soberbia enorme por parte del ser humano. Todos nos podemos equivocar. Yo puedo cometer una falta de ortografía, u otras equivocaciones, todo el mundo está expuesto a equivocarse. En cuanto a los Estados, todos tienen las manos manchadas. Siempre, de siempre. A nadie le puede caber duda de eso. Lo que pasa es que se prefiere ignorar. Wheeler dice en el libro qué cosas hicieron los buenos durante la guerra, e hicieron cosas atroces, que se negaron siempre. El tiempo de paz suele juzgar el tiempo de guerra. Y eso es una injusticia, porque esos tiempos se excluyen.

Escrito por Quintin de Parma
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