Tercera de las tres entregas con la entrevista firmada por Juan Cruz y publicada en EPS el 23/09/2007.
Cuando Jacobo vuelve a España, a resolver algunos asuntos, reflexiona sobre el envilecimiento de su país, pero se enfada si de eso le habla un extranjero. ¿Envilecimiento? ¿Lo ve usted así?
Ahora mismo vivimos en un tiempo en el cual, para empezar, hay una clase política que da la impresión de no tener escrúpulos, o de tener muy pocos. Tengo la sensación de que lo que hacen los políticos no es lo que más interesa a los ciudadanos. Se dedican a hacer extraños negocios, recalificaciones, se ven continuos casos de corrupción. Tenemos, además, una prensa que en líneas generales es muy venenosa. La lucha contra la calumnia es una tarea imposible. Hay una especie de actitud de combate feroz y sin escrúpulos. Gran parte de la sociedad ha perdido mucha capacidad moral. El todo vale se ha impuesto. Y todo eso está en la sociedad española.
¿Y el mundo que se corresponde con el suyo? En algún momento, el protagonista de su libro habla de "esa plaga" refiriéndose a los escritores.
Bueno, lo dice el narrador. Creo que en la literatura española persiste uno de los lastres tradicionales, la zafiedad y la cursilería. Es algo llamativo, porque eso no lo tiene en absoluto Cervantes.
Este libro incluye muchos asuntos que usted ha tratado en sus artículos; en EPS, por ejemplo. ¿Qué le ha dado a usted como novelista este trabajo periodístico?
Tengo que decir que no mucho. Hay una diferencia muy grande entre mis columnas periodísticas y mis novelas. Siempre digo que cuando escribo un artículo lo hago como ciudadano. Cuando escribo una novela, el ciudadano desaparece. En una novela se puede ser salvaje. En un artículo nunca haría afirmaciones como las que hago en mi novela. En un artículo te estás haciendo responsable, y el sentido de la responsabilidad, en la novela desaparece.
¿Cuánto hay de no ficción en esas páginas de Jacobo con su padre?
Hay bastante, pero no todas las cosas que dice el padre las ha dicho mi padre. Hay dos conversaciones con el padre del protagonista, Jacobo Deza. En una de ellas le dice al hijo que tiene la seguridad de no haber dicho nada que hiciera daño a nadie. Otra cosa que dice es que está seguro de no haber matado a nadie durante la guerra, en el frente. Tiene la seguridad, pero no quiere decir que no lo hubiera hecho. Ahí sí que hay algo de autobiográfico. Ha habido algo extraño en esta novela; yo no podía haberla escrito si ellos no me hubieran permitido, Wheeler y mi padre, que usara en ella sus biografías. Por eso está dividida en partes, para que ambos la vieran. Y logré que vieran y leyeran, en parte, los dos primeros volúmenes; murieron ambos cuando estaba escribiendo el tercero, y he tenido la sensación de tenerlos conmigo, vivos, hablando.
Es un homenaje.
Sí, un homenaje y una utilización consentida. Este libro no podría haber existido si ellos no me hubieran prestado sus biografías o sus personalidades.
¿Cómo se sintió escribiendo esos capítulos, particularmente?
La verdad es que me costaron especialmente. No soy una persona que se emocione mucho mientras escribe. El escritor no se debe emocionar, sino buscar la emoción del lector. Debo decir que me fueron muy costosos. Me entristecieron y sí que me emocioné. Sin embargo, esas dos conversaciones, incluso la muerte de esos dos personajes, creo que están hechos con mucha sobriedad. No son lacrimógenas. Me dio pena y a la vez me dio consuelo.
Entiendo que sir Peter Russell se divirtió mucho leyendo su parte. ¿Y su padre, qué le dijo?
Mi padre era muy escueto con sus comentarios sobre lo que yo hacía. Creo entender que le gustó mucho, pero a mí me dijo: "Está bien". Solamente recuerdo que cuando le leí la parte donde relato la delación de la que fue objeto al acabar la guerra, por parte de un amigo suyo, me dijo que él nunca había nombrado a ese personaje. Y yo sí lo nombro, es mi derecho.
Cuando uno escribe sobre algo tan cercano, ¿escribir no le cambia?
Creo que no. El escritor debe diferenciarse del ciudadano. Si te has pasado el día escribiendo y sales a cenar, no sales con el escritor encima. Hay que dejarlo en casa. Cuanto más escribo, más raro, más absurdo me parece. Cuantos más libros escribo, menos entiendo cómo los hago. A veces hago una página al día, o dos. Y no todos los días puedo escribir. En mi agenda anoto cuando me interrumpo y cuando reanudo los libros. Una de las primeras personas que leyó el libro me preguntó qué estaba escribiendo yo cuando mi padre murió. Le dije que estaba en la página 112 del manuscrito, y era el 8 de diciembre de 2005; y veo que la 123 la escribí el 28 de diciembre. Y me dijo: "Pues no se nota nada". El escritor tiene que estar en una realidad paralela. Cuando uno está muy afectado no escribe. Y eso hago: cuando estuve muy afectado, pues no escribía.
¿Y qué hace entonces?
Leo más. Una de las cosas que se ha llevado este libro es la posibilidad de leer. Desde hace siete u ocho años he leído muy poco. Cuando uno está trabajando a lo largo de tanto tiempo necesita creer que es el único que existe.
Después de un esfuerzo como este que ha hecho, ¿qué queda dentro?
Queda mucho, pero tengo la sensación de que no voy a escribir más novelas. Desde luego lo que sí sé es que no voy a hacer ya nada de dimensiones equivalentes. El mero hecho de haberlo terminado ya es apabullante para mí, 1.600 páginas. Tengo la sensación de haber dicho todo lo que tengo que decir en el campo de la novela. Si alguien me pregunta: ¿y ahora qué?, le diría: "Nada. A descansar". Después del esfuerzo y del tiempo empleado no me queda más remedio que pensar que sí, que es mi mejor novela. La más ambiciosa, sin duda. Creo que sí, es mi mejor novela.
¿Qué quiere decir cuando afirma que ya lo ha dicho todo en el campo de la novela?
Ahora mismo, la sola idea de crear otro mundo distinto de éste me parece imposible. Por primera vez en mi larga carrera, cuando acabé el segundo volumen y descansé un poco me sentí incómodo. He sentido la ficción como un verdadero refugio. Por eso me atrevo a decir ahora que los que escribimos no podemos concebir una mejor manera de vivir.
El personaje de su libro hace un regreso melancólico a Madrid, y recorre calles en las que un lector, y a mí me ha pasado, ha creído verle a usted mismo. Ha logrado usted una ficción muy real.
La ficción está en todas partes, está aquí mismo, en esta habitación. No hay más que mirar alrededor del cuarto. Todo puede ficcionalizarse. Basta con aplicar la mirada ficticia. Hay una mirada de la imaginación. La gente carece de imaginación, y no me refiero a la invención de mundos raros, a monstruos. Lo que quiero decir es que la gente, aparte de vivir cosas, tiene capacidad para vivir más con la imaginación y hacer historias con ello.
Vayamos a la realidad. ¿Cómo se siente en este país en este momento?
Yo no me siento muy cómodo en este país. Me he sentido un poco extranjero, como si fuera un falso español, y yo nací en Chamberí. De niño viví en Estados Unidos, pero siempre me he sentido un poco ajeno. A veces me desespero. Hay una mala leche excesiva, una saña, una zafiedad. Hay a menudo una especie de odio a lo inteligente, y a lo reflexionado, y a lo sentido. Hay una difícil aceptación de lo distinto. Ahora, por ejemplo, me he quedado un poco estupefacto: ha muerto un futbolista, Antonio Puerta, muy joven; una muerte terrible, está claro, todos estamos de acuerdo. Pero que los telediarios abran con esa noticia un día, y otro, y otro; que se haya criticado al Barcelona porque ha sido el único equipo normal, que se ha puesto el uniforme del luto, pero que no haya cancelado el partido? Hay una especie de mandamiento: alguien dice "esto tiene que ser así", y todo el mundo a cumplir. Éste es un país con una enorme vocación totalitaria, que todo sea como alguien quiere que sea.
Así habla usted en sus columnas. Sus columnas crean opinión y también conflicto.
No lo intento. Lo que sí hago es decir lo que opino y no callarme las cosas que me parece que están muy mal. Hay gente que lo agradece mucho. Una de las peores cosas que tiene el ser columnista es la sensación de fracaso permanente, y eso no ocurre con la literatura. Digo esto, digo lo otro, y al final uno no ve que lo que escribe sirva para algo.
Hoy le he encontrado muy bien, muy contento, como cuando Sol Alameda le vino a ver, en una ocasión parecida. ¿Cómo se encuentra, cuál es su estado de ánimo?
Estoy contento en general, de haber hecho este libro, de haberlo terminado. El libro ahora tendrá verdadera vida. Eso es bueno y es malo. Ha habido momentos de desfallecimiento, de desconcierto. Ahora gustará o no, tendrá buena vida o mala vida. Pero el hecho de haberlo acabado me deja contento, sí.
¿Qué es lo que le pone contento, en general?
Estar con las personas que más quiero y con las que más me río. Y agradezco enormemente a las personas que me hacen reír y que ríen. Me pone contento ver películas, escuchar música. Me pone contento pasear, ver partidos de fútbol buenos.
Ponga en práctica la capacidad de su personaje. ¿Quién tiene cara de ganar la Liga?
Acabamos de empezar. Aún es pronto para decidir.
¿El Madrid, su equipo?
Es pronto, y además me encuentra en un tiempo de indiferencia. Ya veremos qué hace.
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