El autor oscense Eduardo Martínez Carnicer envía este relato breve de encuentros y desencuentros. Normalmente, expone sus historias, sus pensamientos, en un blog personal (ver más abajo). El otro día le dije que La Coctelera me parecía como una de esas casas que aparecen en las revistas de decoración, en la que los suelos brillan y todo está bien puestecito y es bonito a la vista. De esas casas que no están recargadas decorativamente hablando y que son acogedoras. Pues esa sensación tuve con sus historias y las visitas que dejan su opinión. “Descalza” es una muestra de ello.
(http://www.lacoctelera.com/liber/categoria/cultural)
DESCALZA
Cuando la conocí me dijo: “soy como la cenicienta”. No lo entendí, pero me gustó. Me gustó esa forma tan suya de aparecer y desaparecer: gratuita e inesperada. Cuanto más me acercaba más se alejaba. Volaba hacia mí, pero casi siempre pasaba de largo. No respondía a mis llamadas y era quien me llamaba cuando yo no lo hacía. Me creaba un estado de incertidumbre que no soportaba, y que ahora echo de menos. Se paseaba por el parque con su perrito, y no adivinaba quién paseaba a quién.
No fumaba, no bebía, y siempre me embriagaba con su música, con sus roces, con lo que no me contaba, con sus silencios, con las frases sin acabar, con esa mirada tan suya que me atraía tanto. Con los desplantes. Con esos abandonos imprevistos o casuales que me dejaban en vela, que ahondaron mis ojeras y me hicieron adepto al insomnio. Sus hasta luego me sonaban a un hasta nunca, y sus holas de reencuentro se parecían a nuestra primera vez.
Persigo por el parque las huellas que su perro dejó, que ni el tiempo consigue borrar, porque mi cenicienta usaba zapatos únicos que nunca olvidaré.
Prefería verla con su perrito a cuando la acompañaban otros seres distantes y ajenos a mí. Con esas extrañas compañías también me sonreía, pero no me hacía ninguna gracia.
En el cuento el príncipe se guió por el zapato, pero yo soy mal detective y poco monárquico, y sigo olfateando ante las fuentes, bajo los árboles, a la luz de las farolas, y me resisto a creer que este cuento se acabó sin un final feliz. Visito las zapaterías, y en los escaparates los maniquíes no me responden.
Habrá cambiado de teléfono, de zapatos, de perrito, de ciudad, pero yo la huelo todas las mañanas ante el espejo, cuando las ojeras surcan mi rostro de soledad. Me siento un príncipe destronado que quiere cambiar de cuento porque cenicienta desapreció en el parque. Descalza.
Caroline de Beauregard — 27-09-2007 19:18:38