Vuelve el Descodificador, columna firmada por Luis Miguel Rufino que aparece cada martes en el diario El Mundo, en la sección de Andalucía.
Han sido casi dos meses de "vacaciones", y en este tiempo, además de echar de menos la cita semanal con todos vosotros, hemos retocado el título.
En estos dos años (cómo pasa el tiempo) que llevo escribiendo en esta tribuna, algunos de vosotros me habéis comentado el hecho de que la palabra "Descodificador" se escribía sin "ese". Como el diccionario de la R.A.E. acepta la palabra tanto con "ese" como sin ella, empezamos esta tercera temporada quitándosela. Por variar más que nada. Ya tendremos tiempo de cambiar de opinión (o de nombre) dentro de otros dos años.
Una abrazo a todos y gracias por la fidelidad.
“Se necesita camarero de nacionalidad española”. Fue lo que leí este verano, con un calor insoportable, mientras paseaba por una localidad del interior. Era un cartel escrito a mano sobre un folio y pegado contra el cristal de un bar de tapas y comidas asequibles. Esas seis palabras bastaban para meter a cualquiera en la problemática laboral con la que lidia a diario un empresario de hostelería —recordémoslo una vez más—, el sector más importante de la economía española.
Era una oferta de empleo en la que a los candidatos no se les demandaba ninguna habilidad, sino una sola cualidad: ser español, o no ser extranjero, que a estos efectos, y sin que sirva de precedente, viene a ser lo mismo. Es posible que la lectura del cartel pueda llevarnos a varias conclusiones.
La primera sería un entendimiento legalista de la oferta, sin más: quién ofrece un trabajo de tal manera contraviene la Constitución, el Estatuto de los Trabajadores y las directivas de Unión Europa. Por tanto, se expone a que se le endose una multa importante, de esas que quizás no modifiquen su empatía con normas como la que infringe, pero que sí pondrán a prueba la sensibilidad de su tesorería.
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La segunda lectura podría tener relación con la experiencia acumulada por el empresario, con la previa contratación de camareros incapacitados para comunicarse adecuadamente en español y los problemas resultantes de tal desmaña en la gestión del negocio. Pero la discriminación basada en el idioma es razonable y comprensible. Por ejemplo, decenas de amigos míos —sobrecargados de optimismo— han sido defenestrados en procesos de selección por calificar su nivel de inglés como “Alto”.
Pero puede haber un problema más complejo detrás del asunto. Y es que el empresario ya haya tenido en su nómina a personas sin pega alguna para expresarse en nuestro idioma, pero que sí manifestaban carencias serias para trabajar con el ritmo y la eficiencia que se requiere en el comercio hostelero. En claro: a los camareros en los bares de por aquí se les permite padecer casi cualquier desarreglo o vicio… salvo el “aplatanamiento”.
Y ahí está el problema para el gestor, el que se lee entre líneas en el anuncio de la vacante. Existe un exceso de candidatos con diferentes grados de indolencia o astenia, normalmente de origen cultural, es decir, relacionada con el lugar del que el trabajador es originario. ¿Se puede obligar a un empresario a convocar candidatos sin usar este lenguaje? Evidentemente, sí, pero lo que no se puede evitar es que los procesos se resuelvan de la manera más conveniente para el negocio. Las leyes aún no han llegado a presionar hasta ahí. Al menos en las pequeñas empresas.
Caroline de Beauregard — 04-10-2007 09:00:44
Caroline de Beauregard — 04-10-2007 09:05:50
Figaro — 04-10-2007 09:17:08
Rubia — 04-10-2007 23:20:55
Esperanza — 04-10-2007 23:54:26
Quintin de Parma — 05-10-2007 11:03:07