Unos comentarios de Fígaro sobre la campaña internacional Free Hugs (Abrazos Gratis).
Hay gente pa tó, que decía el torero. Hasta para repartir abrazos. Justo el sábado pasado, a hora punta de la tarde, en la zona más comercial de Sevilla, embocadura de la famosa calle Sierpes. Allí mismo, un grupo de personas, en su mayoría mujeres y niños, se ofrecían para repartirlos. Sosteniendo grandes carteles sobre el pecho: “Se reparten abrazos” rezaba la cartelería. Toda en mayúsculas. Y sus portadores, luciendo sonrisas y gestos amistosos. Confieso que dudé por un momento en aceptar el regalo. Teniendo en cuenta que no era Navidad, que los grandes almacenes aún no exponían por adelantado mantecados ni turrones, no estábamos en plena campaña electoral ni habíamos sufrido catástrofe alguna, recelé, sí. De modo que, renegando de mi propia rudeza, seguí mi camino. No sé a qué grupo pertenecían ni qué intereses (¿tendrían que tenerlos?) podrían moverles a ofrecer y mendigar afectos por un rato. Al pasar, observé de reojo que todos los demás –como yo- estaban a punto de aceptar la invitación, pero después –qué alivio, también como yo- pasaban de largo. Aún así, los portadores, no perdían su sonrisa. Ni su paciencia.
Ahora que lo pienso siento que me perdí algo bueno o, cuando menos, interesante. Y desinteresado. Gratis, vamos. Y cuando recuerdo semejante derroche de generosidad, me vuelvo a sentir incómoda y desagradecida. Y sigo cavilando que mal tiene que estar nuestra sociedad cuando alguien debe recordarnos que el afecto es algo necesario.
Así que pido un favor: si alguien pasa algún día por ahí o cualquier otro sitio, y los ve como yo los vi, que no desperdicie ese abrazo solidario. Y que les devuelva otro en mi nombre. No es cuestión de desaprovechar generosidades en estos tiempos. Gracias mil.
Carmela — 04-10-2007 01:00:22
Caroline de Beauregard — 04-10-2007 08:53:15