Un relato sobre el milagro que ocurre en esas salas... cada vez más pequeñas.
Cuando siento el abrazo torpe de la butaca y la luz de la sala se hace tenue para dar paso a la música, se abre para mí la puerta hacia otros mundos.
Y entro en la pantalla grande de puntillas, disfrazada de otros, dispuesta a soñar vidas ajenas. Y ya no soy yo, sino ellos todos. Entonces no reconozco mi color sino el de su raza, que es ahora la mía, y me alimento de su pan, que ayudará a escalar montañas de nieves perpetuas. Los nuevos ojos me sirven para discernir el camino en la espesura de un bosque o para surcar insólitos mares, en medio de huracanes y tormentas. O, mientras sobrevuelo las nubes, para vislumbrar el perfil de una tierra generosa.
Así me estremezco, gozo o sufro las vidas prestadas, cuando persigo las pasiones, que también hago mías, tan lejos en el espacio y en el tiempo. No sé si río o lloro más, pero qué importa, si sus objetos más queridos pasan a ser de mi propiedad. Y sus recuerdos.
A veces mi carne es mordida por la metralla, y en ocasiones tengo a la Muerte por compañera. Aunque nunca –eso nunca- empuñaré el arma del asesino.
El reencuentro en la estación de un tren cualquiera.
La carta recuperada en un cajón, que se creía perdida.
El abrazo anhelado.
Eso soy yo ahora.
Y el beso…
Después –no sé cuánto tiempo pasó, dicen que un par de horas-, cuando desaparece la magia de la música, regreso del ensueño al mismo patio de butacas, a un extremo de la jungla urbana a la que pertenezco, con nuevas existencias aprendidas. Y es justo entonces cuando, los otros y yo, nos sentimos eternos.
Esperanza — 06-10-2007 18:44:01