"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Pocas compañías se permiten el lujo de fabricar un solo producto. Es más seguro confiar en varios de ellos, concepto que se conoce como “gama”. Diversificar productos es una buena forma de disminuir el riesgo global de la empresa a la vez que se amplía la base del negocio con la que propiciar el crecimiento.
Lo más común es gestionar la gama de productos en conjunto, diseñando una política comercial acorde con la estrategia global de la empresa y, sobre todo, un plan de marketing que contemple qué productos conviene eliminar y cuáles otros merecen ser potenciados por su crecimiento, rentabilidad o expectativas de futuro.
A lo largo de la historia, de entre todos los sectores productivos, el sector de las funerarias puede haber sido de los que menos diversificación de productos ha tenido: o suelo o nicho. Eran los tiempos en los que la gente apenas tenía estudios “empresariales” y gestionaba sus negocios a golpe de intuición y sentido común.
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Pero la realidad ha cambiado en los últimos años. De entrada, las empresas funerarias ya no son regentadas por un señor de tétrico porte, todo de negro, secundado por un hijo silencioso de mirada inquietante. Al contrario, aprovechando que casi todo el mundo hace un máster, las empresas que despachan nuestros cuerpos inertes para que no molesten, están dirigidas por profesionales bien formados, que además de llevar alegres corbatas de seda, tienen catálogos multimedia y aplican las más modernas técnicas de gestión en cada resquicio del servicio que prestan.
Desde hace un tiempo, este sector se esmera en introducir nuevos productos que satisfagan a la parte de sus clientes que permanece con vida. Primero fue la cremación —extraña en nuestra cultura— que rápidamente desarrolló una línea de urnas: para enterrar, para tirar al mar o en el Rocío, para guardar en casa… No hace mucho, se retorció el concepto cremación tratando el carbono contenido en nuestras cenizas hasta convertirlo en un diamante, discretamente engastable en un mono anillito con el que ir siempre acompañado. De Granada nos llega un nuevo producto: una gargantilla en la que se cuelga un relicario con una porción de las cenizas del difunto. Se pueden elegir modelos de plata, oro o titanio, y gastar entre 100 y 500 euros.
Si tenemos en cuenta la rica sensibilidad para el humor negro de la que los españoles siempre hemos hecho gala, la anécdota que el presidente del Betis contó a Carlos Herrera, la del hijo que llevaba las cenizas de su padre a los partidos, dentro de un tetrabrick, para que el finado disfrutara con el equipo de sus amores, se nos antoja cada vez menos extravagante por innecesaria.
Caroline de Beauregard — 24-10-2007 10:56:49