Columna publicada por José Ignacio Rufino el 21 de octubre de 2007 en su sección "El Bolsillo" del dominical RDO, revista que se publica con los ocho diarios del Grupo Joly.
“En el quicio de la puerta / estamos su madre y yo / con lágrimas en los ojos / y risa en el corazón": Es inexorable; los tiempos cambian y, aun manteniendo la letra y las preceptivas lágrimas maternas y paternas, los sentimientos se complican: mientras Juanito Valderrama y Dolores Abril lloraban embargados por la emoción de ver a su niña hacer la primera comunión –no hay alegría mayor, dice la copla-, muchos padres españoles lloran ahora, también, por la pasta que les va a costar el acontecimiento. Ufano e inadvertido, o aterrorizado por las referencias, uno se va a un club del que es o no socio, a una venta tradicional para celebraciones en las afueras, o -sí- a un polígono industrial, y allí se lo resuelven todo. Un señor aburrido de soltar una y otra vez lo mismo le explica que allí están asociados a un catering que desarrolla el evento que ríase usted de la boda de Gigi Sarasola: canapés, croquetas y queso a dados en su corteza, crema marisquera de alto riesgo, solomillo con champiñones (¿en qué casa se come eso?), tintito de rioja compatible, inevitable tarta... y, por supuesto, copazos para los mayores (el palo viene en buena parte por ahí: le dicen a uno que por adulto con cuerpo de jota se cobran sesenta euros antes que canta un gallo). El producto enriquecido, puede incluir castillo hinchable, payaso estándar, coro rociero con atuendo de niño bien y Dj. Olvídese usted de cinco mil euros en la tarifa pobretona. Por un hijo, lo que haga falta; va a ser el mío menos que otros. Por Dios.
En los austeros y frugales tiempos del blanco y negro español, el pescaíto frito, unos pasteles y una tarta eran el despiporre. Según me he informado, el padre (aquél que podía celebrarlo más allá de un bar del barrio) llegaba a un acuerdo con la venta o el club social. Y después se presentaba allí con todas las tías abuelas que estimara conveniente, hasta que se acabara lo contratado. Hoy la maravilla de los pañales desechables tiene como cara oculta y oscura un principio incuestionable del marketing del primer mundo: hay que vender mucho más a cada niño, porque el “target” es escaso. Y eso es factible, porque si con algo somos rumbosos es con lo tocante a los hijos, más en estos tiempos de abundancia. Quizás usted también tenga seis hermanos y dos hijos: en cualquier caso, es seguro que tiene menos cajitas colgando de usted en el árbol genealógico que coherederos a su mismo nivel.
Aparte de las indumentarias con pamelas pro escoliosis y bizqueras, la primera comunión tiene también sus economías indirectas, además del catering. Los Reyes Magos son unos auténticos rácanos. ¿Un reloj y una cámara de fotos? No sean cutres. Por una u otra vía, el saco del niño al salir de su entrañable fiesta debe incluir, como mínimo: ipod, mp4, minicadena, ordenador portátil, móvil, camiseta de su equipo de unos 70 euros, cámara de fotos y reloj también, reproductor de dvd, una pila de billetes, nintendo o PSP... más una promesa para embarcarse en una ruina así que pase un añito (véase Eurodisney). ¿Libros? Si mi hija no para de leer... le he regalado, aparte, las colecciones completas de Tintín y Astérix -soy un sentimental- y de Junie B. Jones: las pago en tres años a veinte eurillos al mes.
Por cierto, que la innovación en la primera comunión no sólo afecta a la parte festiva, sino también a la religiosa; Nada de siete años como la niña de Valderrama, y nada de todos en primavera, que ya está bien de paganismo camuflado: octubre es un buen mes para recristianarse a los diez años, con conocimiento. Pena que sea entre el verano y la Navidad, tiesa travesía de reengorde. Sufridos ciclistas familiares: en vez de cuesta de enero, la familia de dos o tres niños actual es un verdadero rompepiernas. Todo el año.