"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Iphigenie Ochs Sulzberger fue primero hija de Adolf Ochs y luego cónyuge de Arthur Sulzberger, sendos y sucesivos editores de “The New York Times”, una empresa familiar durante años. Nunca se metió en la gestión, pero tal como se escribió en su obituario “ejerció una influencia discreta pero decisiva en la empresa… preservando los lazos de la familia entre sus 4 hijos, 13 nietos y 24 bisnietos… fue el pegamento que nos unía a todos”. Iphigenie fue lo que, en términos de empresa familiar, se conoce como una líder emocional.
El líder emocional no tiene por qué coincidir con el líder formal de la organización, el que lleva las riendas del negocio, pero suele mantenerse disponible para él, normalmente en la sombra, sin relevancia en la gestión y sin remuneración otra que los dividendos que le correspondan. Puede ser cualquiera, normalmente una persona de edad y criterio —un tío, una tía— que no tiene por qué haber estado implicada en la gestión. La solidez y estabilidad que aportan a la empresa familiar estas personas es bien conocida por aquellos que se desenvuelven en ellas.
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Lo que caracteriza a estos líderes es que la inmensa mayoría —no la mayoría— de la familia los quiere y respeta. Ese aprecio suele venir dado por la conjunción de ciertas actitudes personales (que no hace falta mencionar aquí) con la cualidad de ser depositario y transmisor de los valores, tradiciones y rasgos culturales que inspiraron al fundador de la saga. Con sólo esas dos herramientas, el líder emocional es capaz de aglutinar a las diferentes ramas familiares, o a las distintas tendencias, en momentos de zozobra, crisis o duda empresarial, cuando los problemas de gestión o las ambiciones individuales amenazan los valores comunes.
Las empresas familiares que triunfan suelen haber llegado a la excelencia tras aprender que el proceso de sucesión del líder formal es el más importante al que pueden enfrentarse. Pero es este un proceso profesional de selección, y por tanto, puede anticiparse y afrontarse con ciertas garantías de éxito: el mejor comercial, el mejor gestor… Es el recambio de líder emocional el que no puede planificarse o prepararse, porque estas personas no adquieren su competencia en universidades ni escuelas de posgrado.
Se podría decir que encontrar a quien sea el “pegamento que una a la familia” es algo que queda abierto a la suerte, al albur de la fortuna, y puede que, en cierta medida, a los valores humanos que la propia familia haya sido capaz de instilar en sus miembros a través de los años. Porque en las empresas familiares suelen sobrar esgrimidores de su condición de “soy hijo de” (en sus dos sentidos) y suelen faltar aglutinadores y conciliadores, gente que mire a veinte años vista.