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Evaristo en la peluquería (Relato de Eduardo Martínez Carnicer)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 09-11-2007 17:58:48

En esta ocasión, Eduardo Martínez Carnicer nos envía esta breve historia cotidiana con cierto puntito insólito. Tan cotidiana como visitar una peluquería y tan insólita como lo que uno puede encontrarse allí, incluso un discurso.


Cuando Evaristo Henares entró en la peluquería unisex del barrio desconocía cómo iba a abordar la conferencia de la tarde sobre la inseguridad ciudadana, tema habitual en su repertorio; en el repertorio de un catedrático de sociología que aborda con soltura y desparpajo cualquier cuestión de actualidad.
Se sentó en la banqueta de la entrada, donde los olores a lacas y colonias lo trasportaron a los aromas de su infancia, o a los sabores de el marido de la peluquera. Desde una buena panorámica veía más que la calle, dentro, el salón, esos treinta y poco metros cuadrados en los que se movían cinco peluqueras, cinco mujeres jóvenes, más seis clientas, seis señoras entradas en años, cinco más seis once: un equipo de fútbol, femenino. Y él, Evaristo: de entrenador, de Juan entre ellas.
Champús, cremas, secadores, espejos, peines, pelos, miles de pelos, rubios, morenos, castaños, teñidos esparcidos por los suelos como plumas caídas. Se dejó hacer. Se dejó llevar por esas manos juguetonas que atusaban su pelo, lo mojaban, acariciaban y retocaban con la experiencia de la joven peluquera que vive rodeada de pelos que cortar y cortar, para luego barrer y tirar a la basura.
Evaristo miró al espejo grande, y distraído en los contoneos de la empleada más risueña, se sorprendió cuando entró un individuo con un gabán rojo que sin dudarlo sacó de su interior una navaja hiriente y alargada, y quizá afilada.
Evaristo recibió la mirada del intruso que giró el cuello en una vista general y pronto descubrió que estaba rodeado de mujeres, de muchas mujeres, y de un hombre, un solo hombre. Evaristo hizo un gesto leve al mover la bata, como quien cede el paso en una fila, y fue frenado con una mirada contundente y letal:
–Como te muevas te rajo, calzonazos.
Y el catedrático no se movió, ni las catedráticas del ramo de peluquería, sólo se movió el visitante agudo y perspicaz que abrió la caja y escapó ipso facto con todos los billetes, y de propina algunas monedas.
Dio un portazo al salir, ante el temblor de espejos y cristales, de los rostros atónitos del equipo de fútbol, y de su entrenador. Como en un terremoto, se oyeron voces, gritos, risas. Evaristo, ignorante y escéptico, buscó las teorías más oportunas para explicar lo sucedido, pero no encontró ninguna, no dijo nada. En la peluquería no era un catedrático de sociología, sino un pobre hombre apocado e indeciso que, junto a once mujeres, contempló cómo un navajero expeditivo se hacía con su botín diario.
Evaristo se dirigió a la sala de conferencias, donde improvisó un discurso sobre la delincuencia y la inseguridad ciudadana plagado, cómo no, de metáforas y alusiones al sector de la peluquería: ladrones como piojos, policías como tijeras, cárceles como espejos, y lindezas así. Aplaudido y vitoreado por los asistentes, fue elogiada la capacidad de inventiva de este prohombre, de Evaristo Henares, que en los mentideros políticos suena ya como firme candidato al Ministerio del Interior.

Escrito por Flor de Loto
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