A propósito de la última entrega del Decodificador, debo decir que yo también tenía lechero a domicilio, como el de la columna. ¿Quién no tenía entonces un 'lechero personal'?. El mío, Rafael, era bético de pro. Y la vecina del 4º de mi bloque, Pepa, sevillista acérrima (su marido, sevillista también, árbitro de boxeo). Personajes que ya son historia. Y yo, a pesar de que nunca he tenido interés por el fútbol, en las vacaciones escolares no me perdía las discusiones de Rafael y Pepa. Un día, fabulé con los recuerdos y escribí un relato. Lo comparto con vosotros.
Era el eterno conflicto de los lunes. Juan el lechero y Lola, la vecina del cuarto, no discutían más que los lunes por la mañana. El resto de los días se trataban en el rellano de la escalera con una deferencia incuestionable. Pero el primero de la semana era otra cosa: mediaba la devoción a sus equipos rivales. El de Lola, en aquellos finales de los sesenta, era un caso peculiar porque por entonces no estaba bien visto que las mujeres distinguieran de fútbol que era, por encima de todo y, sobre todo gracias a la publicidad, cosa de hombres. Y es que la vecina del cuarto llevaba el deporte en las venas. Porque, además, vivía con un antiguo entrenador de boxeo con el que llevaba compartiendo cama y afición, treinta años.
- ¡El árbitro estaba comprado! –gritaba Lola, enarbolando el dedo índice, las venas del cuello marcadas en un azul sobresaliente.
- De eso nada, que fue penalti. De los que hacen historia. Le pese a quien le pese. Y al que le pique, que se rasque-. Y Juan se iba dando la espalda a la vecina, tras dejarle rellenas las dos jarras diarias de un cuarto de litro con aparente desgana-. Y mañana me lo paga, que hoy estoy generoso –apostillaba el lechero, que así daba por zanjada la disputa que había mantenido durante diez minutos seguidos, sin resuello.
Entonces Lola cerraba la puerta de un golpe seco, evitando de ese modo que él siguiera vanagloriándose con los éxitos de sus colores. Por el contrario, cuando el resultado era favorable a la vecina del cuarto, el repartidor aligeraba las entregas:
- No me distraiga que hoy llevo retraso y no me puedo entretener. Además, ayer domingo estuve muy resfriado. Ni siquiera sé cómo quedó mi equipo.
- Pues sepa usted que ayer ganó mi Real por goleada. ¡Y fueron cinco! Y eso que el defensa salió lesionado. Y luego está lo de la tarjeta roja en el segundo tiempo. ¡Habrase visto! Me deja usted doble de leche. Voy a hacer flan. Y se puede quedar la vuelta para convidarse a un café. Que hoy soy yo la desprendida.
Y así hasta el fin del campeonato. A partir de ahí, los lunes se limitaban a un “Buenas” y a un “Hasta mañana” por falta de comentarios más suculentos. Días insulsos, días sin discusiones, días sin reproches. Sin equipos rivales. Un aburrimiento.
El tedio cesó al comenzar la temporada, que este año trajo consigo nuevas emociones encontradas. La blancura de la leche del reparto matizando los colores de ambas aficiones. Los lunes, por fin, volvían a cobrar sentido.
Una mañana Juan, el lechero, no apareció. “Vaya, hombre, hoy que tenía yo ganas de vérmelas con él. Dos a uno. Un partidazo. De seguir así, ganamos la Liga” –masculló la vecina-. Lola no tenía gran interés en la prensa. En general nada le importaba que no tuviera que ver con el deporte rey aunque, a primeros de semana siempre hojeaba el periódico local con avidez. Se sentó. Le flaquearon las piernas: “Aficionado al ... cayó fulminado en la grada justo cuando su equipo marcaba el cuarto gol de la jornada. El equipo médico que le atendió no pudo hacer nada por reanimarlo”. Lo peor fue la instantánea en primera página con aquel gesto contraído por el dolor. Aquellas facciones. Los ojos...
Un nuevo repartidor hacía ahora las entregas. Un chico joven, desenfadado. Simpático. “Buenas. Soy Manolo. Vengo en lugar de... ya sabe, una desgracia. Cosas del fútbol y el corazón. A mí no me gustan los deportes, si acaso peloteo alguna vez en la calle, pero poco más. ¿Y a usted, le gusta el fútbol?” “No” –respondió con rudeza la vecina del cuarto-. “Eso es algo que ya no me concierne en absoluto”.
Lola no volvió a hojear el periódico ni volvió a sintonizar la sección deportiva de la emisora local. El fútbol dejó de tener sentido para ella desde que Juan, su lechero de siempre, se marchara sin despedirse justo cuando el equipo rival marcaba el cuarto gol de la jornada del domingo.