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El tranvía de la luna (Relato de Manuel Pérez Recio)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 26-11-2007 21:24:57

































Con este relato, Manuel Pérez Recio, Nelo, quedó finalista del Concurso de Cuentacuentos de Extremadura "Más cuento que Calleja", del que hablamos aquí hace unos días.

Le pedí que me dejara publicarlo, y ha accedido con toda amabilidad.

Además de poder leer su relato premiado, podéis visitarlo (sin necesidad de desplazaros hasta Valencia) si entrais en su blog:

http://neloescribe.blogspot.com/


El tranvía de la luna




Es un lugar oculto entre el cielo y el mar. No hay caminos, ni árboles, ni montañas... Se llega por la senda plateada que, cada noche, la luna dibuja en el agua. Allí esperaré, paciente, tu llegada –le susurró al oído, poco antes de partir.


En Santa Cecilia, un pueblito costero situado a pocos kilómetros de la ciudad, el crepúsculo baña de añil y reflejos naranja la orilla de la playa. Es primavera, y el sol, disfrazado de melocotón gigante, flota mar adentro sobre la delgada línea del horizonte; pero tras las frágiles nubes de vainilla, la luna ya clarea en cuarto creciente. Una corona de margaritas se mece muy cerca de la orilla. Algunos pétalos desprendidos regresan agitados entre la espuma, otros se pierden para siempre bajo las olas que mueve el levante. A su vera, una cinta azul celeste, bordada con letras doradas, serpentea a la deriva. El aire huele agridulce, como a salitre y polen a la vez.
-A ella siempre le gustaron las margaritas, por su sencillez y su alegría -comenta en voz baja un anciano de escaso pelo blanco y piel agrietada por el paso de los años y la frecuente proximidad del mar- Siento no haber podido traerte la luna, como tantas veces te prometí –prosigue, dirigiendo su tierna mirada al austero recipiente de cerámica que sostiene en su mano diestra. Luego lo abre suavemente, lo inclina hacia la arena y deja que el viento expanda las cenizas que contiene- Vuela, mi vida, vuela… –alza su voz y su mirada.
Cuando el recipiente está completamente vacío, el anciano, descalzo sobre la arena, dorada y tibia, se torna hacia un grupo de tres personas que permanece muy atento a pocos pasos, abrocha el último botón de su gabardina negra de paño –pues la brisa, con el ocaso, arrastra algo de fresco- y luego se peina con ambas manos el pelo, en la misma dirección del viento.
-Ya está. Podemos irnos –dice apenado y con voz profunda.
En ese mismo instante, del grupo se adelanta una niña de unos trece años, se trata de su nieta Águeda, viste calcetines a rayas blancas y negras, una chaquetilla de lana gris y rodeando su cuello una bufanda verde y azul.
-Espera, abuelo…
Se acerca hasta él, lo coge cariñosamente de una mano y le pide que la acompañe hasta la orilla, cuajada de minúsculos destellos dorados, que disminuyen lentamente su intensidad conforme el sol se va apagando. Una vez allí, le pregunta:
-¿Por qué no me cuentas cómo conociste a la abuela?
El anciano titubea unos segundos, pues no esperaba esa pregunta... Tras un profundo suspiro, responde al fin:
-A tu abuela Amelia… me la entregó el destino –asegura sonriendo, conteniendo las lágrimas que quieren desprenderse de sus ojos y al tiempo los hacen brillar. Después, sujeta firme de la mano a su nieta y la invita a sentarse a su lado, sobre una pequeña barca de pesca de nombre Isabel, blanca y verde, varada a pocos metros.
-Abuelo, nosotros le dejamos con Águeda unos minutos. Esperaremos en el pueblo –dice su hija Rebeca, la mayor, que viste riguroso negro, pamela y gafas oscuras.
-Por favor, no tarden, pronto anochecerá –agrega su marido, que parece inquieto, mientras busca en su chaqueta de piel marrón las llaves del coche.
-No os preocupéis por nosotros, de verdad. Acudiremos enseguida –le responde el anciano. Su hija asiente con la mirada, con un sutil gesto llama la atención de su marido y, tras brindar una lacónica sonrisa a su padre, marchan los dos cogidos de la cintura en dirección a la carretera que circunda la playa.
-Hace algo más de cuarenta años –comenta el anciano, perdiendo la mirada en el infinito mar, cuando ya los padres de Águeda se han marchado-, para ir a trabajar, tomaba un tranvía al que llamaban el Tranvía de la luna –sonríe discretamente-. La gente lo había bautizado así porque era el último tranvía del día y porque, normalmente, a esas horas, los meses de más frío ya había anochecido y la luna brillaba intensa sobre el mar. Aquel tranvía llegaba hasta el Cabo de Miraflores, pero antes pasaba por Santa Cecilia, bordeando la playa y el Mirador… Tu abuelo –prosigue, tras una breve pausa-, como ya sabes, en aquella época trabajaba de noche, como estibador, en aquella lonjeta que ves allá –señala en dirección a las luces del pueblo, hacia una destartalada nave construida en madera y chapa, ya abandonada años atrás-, pero vivía en el centro de la ciudad, así que cada tarde tenía que tomar el tranvía hasta aquí, hasta Santa Cecilia. Y justo en esta parada subía, cuando yo bajaba, una hermosa muchacha de grandes ojos negros como la noche, sonrisa luminosa y mejillas sonrosadas; y al subir siempre me miraba de soslayo, como yo a ella, aunque en mi caso con la mirada de quien ha visto pasar un ángel laureado por una nube de estrellas –describe a media voz. De pronto, alza su mano y luego la cierra, como si sujetara un ‘algo’ invisible situado sobre su cabeza-: Se encaramaba con brío, lozana; en vez de sentarse se agarraba firme a la asidera de la baranda que cruzaba el tranvía de parte a parte por encima de nuestras cabezas. Y durante unos segundos, yo me perdía en su forma de moverse, de sonreír, de mirar… Incluso, algunas veces, al cruzarnos hacía lo imposible por sentir el roce de uno de sus brazos, o de una pierna, sin más propósito que llamar su atención. Y es que desde la primera vez que la vi consiguió captar toda mi atención. Pero, para mi desgracia, en aquella parada bajaba yo, así que no podía más que imaginar en sueños acercarme a ella para intentar intimar.
Algunas veces –continúa, tras un breve lapso de abstracción involuntaria-, ya en el andén, esperaba hasta que el tranvía desaparecía en la oscuridad de la lejanía, con la esperanza empeñada en que ella se asomara por la ventanilla, para decirle ¡hasta mañana!, o simplemente ¡adiós!, pero nunca lo hacía; y entonces la magia se desvanecía poco a poco –asiente cabizbajo con irónica sinceridad-. De allí el tranvía se dirigía, como te dije, al Cabo de Miraflores, donde terminaban la vías y donde también, por lógica, ya que era la siguiente y última parada, debía bajar ella. Al descender, yo tenía que salir corriendo hacia el embarcadero, para dar mi nombre antes de entrar en la lonjeta a trabajar, pues el tiempo me venía justo.
-Abuelo, y si te gustaba tanto, ¿por qué nunca le decías nada cuando subía? Aunque sólo fuera pedirle la hora –sugiere su nieta, extrañada, bajo un simpático gesto de reprobación. Luego recoge su bufanda y se cubre el cuello, las orejas y hasta la nariz, pues la brisa del mar mueve el aire cada vez más frío y húmedo, conforme va subiendo la marea.
-Antes que a ella, se lo dije emocionado a todos mis compañeros de trabajo –revela el anciano-. Les contaba que había conocido a una chica tan, tan bonita que no podía dormir sin que apareciera su rostro en mis sueños, que sus ojos me habían hechizado y su sonrisa arrebatado el alma. Vamos… que no podía vivir sin ella, sin verla cada día. Y ellos se burlaban de mí, me decían que no estaba hechizado, sino chiflado, que me olvidara de aquella muchacha o algún día subiría acompañada de su novio y éste me sacaría del tranvía por una ventanilla de una patada en el trasero.
-Ah, ¿tenía novio? –asiente Águeda, algo decepcionada.
-Verás, es que todos sabían que en el Cabo de Miraflores estaba el faro, y que en el faro vivía Abel, un hombre de mediana edad, corpulento, algo desabrido y con fama de picapleitos, al que faltaba un brazo que decían le había arrancado un tiburón de un solo mordisco, escualo cuya cabeza pendía disecada de una escarpia en su despacho. Y me aseguraban que a quién sino a él, iba a ver la muchacha cada noche. Incluso algunos me increpaban, bromeando, con que la habían visto rondar de madrugada por allí. Pero a mí me daba igual, porque sabía que al día siguiente, con o sin farero, yo la volvería a ver.
Una noche, Barrilete –prosigue el anciano, mientras levanta la solapa de su gabardina para protegerse el cuello-, como así llamábamos al capataz, un tipo enorme y tripudo con una larga barba roja que le alcanzaba hasta casi el ombligo, pero en el fondo un pedazo de pan, me dijo que a las mujeres, para conquistarlas, había que regalarles flores; pero que debían ser flores que les gustaran mucho, porque si no era así en vez de ganarlas se las podía perder para siempre. Y aquel consejo, por sencillo que pareciera, quedó grabado en mi cabeza de tal forma que nunca lo pude olvidar. Pues bien, aquella propuesta dio sus frutos...
-¿Sí...? –sonríe la niña, emocionada.
-Así es, pequeña –el anciano dirige a ella una mirada tierna-. Recuerdo el encuentro de la noche siguiente: ella subía apresurada con una bolsa de estraza en una mano, que disimulaba una botella de vino tinto, y en la otra una barra de pan de cuarto y lo que debía ser el periódico del día. Aquella vez apenas coincidimos en el vagón más que unos segundos, pues bajaba mucha gente en la parada y no pude detenerme siquiera un instante para no entorpecer, pero fue tiempo suficiente para también apreciar bordada sobre su gracioso gorro de lana naranja una enorme margarita, y me dije entonces: Ya está, le gustan las margaritas.
Al día siguiente, cuando desperté, y como trabajaba durante toda la noche ya casi me levantaba para comer, tomé rápido una sopa de ajo y fideos bien caliente que había preparado mi madre, alguna pieza de fruta y en un suspiro el café, luego me agarré el ‘tres cuartos’, la mochila y enfilé por la Alameda de Miranda, con la intención de cargar en ella un buen manojo de margaritas, de las miles que inundaban los jardines que adornaban la ciudad, con las que prepararía un gran ramo de flores. Mi corazón latía alegre; sería la primera vez que me acercara a ella. Según las indicaciones de Barrilete, aquella era una apuesta segura, y además un buen pretexto para después iniciar una conversación. Así que, con ellas en la mano le presentaría mis respetos. Ese era el plan, así de simple. Sin embargo, en verdad que no recuerdo haber pasado en mi vida tanta vergüenza como aquella vez –se sonroja levemente el anciano.
-Vamos, abuelo… -le anima a continuar la niña.
-La noche había caído pronto y hacía algo de frío, más de lo habitual. Yo llevaba el ramo de margaritas oculto en una mochila de loneta, junto con un bocadillo de anchoa y queso y una pequeña botella de agua, que sería mi cena. Como siempre, tomé el tranvía en la parada del centro... Al salir de la ciudad y cuando pasamos bordeando la playa, me llamó la atención que la orilla estuviera plagada de las luciérnagas; acudían desde un bosque cercano donde ahora sólo hay edificios de apartamentos vacíos y algunos coches abandonados. Y pensé, “es una señal”. Esperaba que buena. A cien metros ya distinguía, iluminada por la tenue luz de una pequeña farola, la siguiente parada, creo recordar que era la cuarta desde donde yo lo tomaba: “Santa Cecilia”. El tranvía comenzó a frenar. Mientras paraba, empecé a mascullar nervioso: “Dile que la amas desde el primer día; no, eso no que es demasiado pasional; que mueres cada noche desde que sus ojos ya no miran; no, eso tampoco, es cursi y además creerá que estoy loco; o sí, eso es, dile simplemente que…” Pero cuando el tranvía se detuvo, todavía no tenía mi frase. Mis piernas temblaban como torres de gelatina, mis labios también. Saqué rápido de la mochila mi ramo de flores frescas, algunas estaban torcidas y otras casi se desprendían de mi mano. Era cuestión de segundos: me acercaría rápido pero con disimulo, le entregaría el ramo y le diría de alguna forma que me gustaba, luego bajaría y me iría corriendo a trabajar… Pero, entonces, ella subió, y yo bajé. Me quedé como un tonto allí de pié, bajo la farola de la parada y con las flores en la mano, algunas ya en el suelo, viendo como el tranvía se marchaba arrastrando su oscura sombra tras él. Bajé sin ofrecérselas, créeme. Había sucedido todo demasiado deprisa; el plan había fracasado estrepitosamente. Y encima, para aumentar mi desdicha, ella pensaría que las flores eran para alguna otra mujer... Como puedes imaginar, a partir de aquella noche comenzó a rehuir mi presencia. Ya no era lo mismo: su mirada inocente pero cómplice pasó a ser fría y distante, y su sonrisa luminosa y sensual se transformó en unos labios bonitos pero cerrados e inexpresivos. Yo bajaba en mi parada triste y enojado al tiempo, sabía que había metido la pata hasta el fondo. Incluso llegué a pensar que aquella hermosa mujer no merecía tener como pretendiente un necio como yo, pues descarté que Abel, el tipo del faro, fuera su novio o su marido, ya que, aparte de no lucir ningún anillo de compromiso, por lo que había oído de él no le iba nada a su persona. O así me gustaba creer.
Así que, visto que ya no podíamos cruzarnos cada vez sin que yo percibiera el vuelco de su desprecio en mi corazón, uno de tantos días al fin me armé de valor y decidí acercarme a ella para aclarar aquel tremendo error. Ya no podía soportarlo más, su fría indiferencia iba a volverme loco… Una vez más ella subía, y yo, que parecía dispuesto a bajar, esperaba primero el paso de una anciana que también bajaba en Santa Cecilia. Pero mi intención no era bajar allí, sino continuar hasta el Cabo de Miraflores para hablar con ella durante el trayecto, y luego regresar caminando los tres o cuatro kilómetros que distaban hasta la lonjeta de Santa Cecilia. Subieron todos los pasajeros y el tranvía cerró sus puertas, arrancó de nuevo y suavemente fue tomando velocidad. Mi corazón comenzó a latir con tal fuerza que pensé saldría de mi pecho disparado. Pero no, no escaparía esta vez, debía afrontar aquel encuentro o moriría de ansiedad. Me acerque lentamente hasta su posición, ella miraba por la ventanilla que enfrenta a las puertas de salida, ajena a mí; contemplaba el reflejo de la luna en el agua del mar. El tranvía iba medio vacío, apenas nueve o diez personas que vivían en el bosque o en las afueras de la ciudad. Así que llené de aire mis pulmones, luego tragué saliva, me adelanté un último paso, posé cuidadosamente mi mano sobre su hombro izquierdo y le dije casi sin pensar: “Disculpe, señorita...” Ella se tornó hacia mí al instante, y aunque algo sorprendida por verme allí, me contestó dulcemente: “¿Sí?...” Levanté mi mano muy despacio, mostrándosela vacía, como en son de paz, y le argumenté con voz trémula: “Sepa que en esta mano debería lucir un gran ramo de margaritas, pero, como ve, no está, porque no tuve el valor de entregárselo aquella vez” –Ella quiso responder, pero no la dejé hablar- “Sepa que las flores eran sólo para usted” insistí. Flanqueadas sus intenciones, volvió a cerrar sus labios, pero sin dejar de mirarme al los ojos. Animado al ver que sus ojos de nuevo retomaban ese intenso brillo de los primeros días, comencé a titubearla: “Lo cierto es que no sabía cómo decirte que... que bueno, que me gustas demasiado para cruzarme contigo cada noche en el tranvía y no poder estar cerca de ti mas que un instante; que quería oír tu voz, mirarte de frente, hablar, conocerte mejor… y, y que me duele el pecho cada vez que bajo en Santa Cecilia y tú te vas” Ella sonrió sonrojada y luego me respondió, sin dejar de iluminar mi rostro con su atractiva mirada: “Quizá lo imaginé, pero no pensaba que las flores fueran para mí esa vez. Aunque en verdad lo deseaba. Las margaritas son mis preferidas” Y prosiguió, tras una extensa sonrisa de aprobación, arqueando graciosamente una de sus cejas y adelantando hacia mí su bonita nariz: “Por cierto, ¿cómo lo sabías?...” “¿El qué?...” le respondí, ingenuo. “Que me gustaban las margaritas, claro” subrayó, mostrando de nuevo su bonita sonrisa. “Las margaritas me recordaban a ti, porque son sencillas y bellas, a la vez que tienen esa alegría natural...” Mentí. Pero fue una de esas mentiras piadosas que caen de tus labios casi sin poderlo controlar. Aunque también pude haberle dicho la verdad, que la noche anterior me había fijado en la flor bordada en su gracioso gorro de lana y... Sin embargo, las palabras, aquella noche, por alguna extraña razón, salían de mi boca con mayor dificultad de lo normal; si bien ya di gracias que al fin salieron.
No hubo más por mi parte, quizá una última mirada cómplice y en silencio, luego el tranvía se detuvo en el Cabo de Miraflores y, salvo el maquinista y el revisor, nos apeamos todos de él. “¡Por cierto, me llamo Amelia! –sonrió de una forma muy natural, tornándose hacia mí y ofreciéndome la mano, ya sobre el improvisado andén- Le estreché su mano con suavidad. “Y ahora he de irme –invirtió graciosamente su alegre sonrisa- ¡Hasta mañana, marinero!” exclamó, se dio media vuelta y marchó corriendo por la senda del bosquecillo, en dirección al faro. Se fue tan veloz que apenas tuve tiempo de reaccionar: “¡Adiós...!” le dije yo. Me sorprendió que no esperara para despedirse de una manera más sosegada. ¿Y por qué me llamaría “marinero”? ¿Acaso mi ropa olía a pescado?... Pero aquellas vivaces palabras me sonaron a canto de jilgueros, a música de laúdes, a coro de ángeles. Al momento el invierno se transformó en primavera, la noche en la mañana, y la distancia… No, eso no se transformó: todavía quedaban como tres o cuatro kilómetros a pie hasta Santa Cecilia –esgrime jocoso el anciano a su nieta, que rompe en sonrisas-. En aquel instante pensé que ya nunca más me separaría de ella –prosigue, moderando el tono de su voz-, que llegaríamos juntos hasta el final... Pero ella llegó antes que yo –asiente finalmente con lágrimas en los ojos, que no acierto a saber si eran de tristeza o felicidad.

Las olas se han crecido ligeramente, y en cada embate ganan un paso. El anciano recoge de su barbilla una lágrima, esboza un tímida sonrisa y retoma animoso la historia:
-Recuerdo que el faro iluminaba cada nueve segundos el camino de regreso, pero durante sólo uno, y como las vías, poco antes de llegar al Cabo de Miraflores se internaban en el bosque, te confieso que la vuelta fue algo accidentada, pues cantar, correr y bailar mientras se avanza en la oscuridad de aquel camino empedrado y angosto paralelo a la vía, iluminado casi de forma fugaz cada veinte pasos más o menos, resultaba de locos. Debí caer al menos diez veces –en ese instante dirige una mirada cariñosa a su nieta, y acaricia suavemente su pelo castaño-; pero no temas, que sin daño alguno. Tal era la emoción que me embargaba que, incluso la bronca que me propinó Barrilete aquella noche por llegar tarde, me sonó a música celestial; y a canto de sirenas las voces de mis compañeros de turno, cuando me informaron animados de la llegada al embarcadero minutos antes de un barco de arrastre repleto de boquerón. Así que me cambié la ropa en un momento y me puse a la faena. Aunque la noche se presentaba trabajosa y el tiempo arreciaba por instantes debido al fuerte viento de levante, en toda ella no pude dejar de silbar.
-Abuelo… ¿pero qué pasó con Amelia? ¿Quedaste al fin con ella? –replica Águeda, más intrigada en la historia de amor que en la mercancía de los pesqueros.
-Los encuentros se sucedieron, pero con mayor tranquilidad –le explica, ralentizando sus palabras-; ya no tomaba el Tranvía de la luna, sino el anterior, para encontrarme con tu abuela en la parada de Santa Cecilia antes que cayera el sol. Amelia acudía también algo más temprano, y así podíamos disfrutar de unos minutos para conversar mientras paseábamos por la playa, que al crepúsculo estaba siempre hermosa, antes que ella marchara en el siguiente tranvía: en el que antes bajaba yo. En aquellos días escribí mis primeras poesías, que le leía sentados en la orilla, escuchando de fondo el susurro del mar... Lo extraño era que pese a la complicidad que habíamos alcanzado ya, nunca me hablara de donde vivía, ni de su familia o sus amistades. Pero como a mí, en realidad, lo que más importaba era su persona, nunca le insistí para que lo hiciera. Sí me hablaba de la influencia de la luna en las mareas, de los confines del Universo, de su gran afición a las estrellas… y de la senda plateada por la que, en sueños, imaginaba caminar; también de sus muchas ideas y planes para el futuro, como la de trabajar de profesora para niños discapacitados en una escuela de la ciudad, o su gran ilusión por volar en un avión de los de verdad. Y yo atendía mudo a sus palabras, pues me deleitaba simplemente contemplar cómo se iluminaba su rostro mientras hablaba. Poco tenía que aportar yo a sus historias, pues pensaba que fuera del pescado o la política no conocía muchos temas de conversación que le pudieran interesar. Aunque también en eso me equivocaba, como después verás.
-Pero si tú haces un montón de cosas, como escribir, pintar… Y a mí me encantan tus cuentos y tus dibujos -le rectifica su nieta, intentando levantar un poco el ánimo de su abuelo, que por instantes parece abatido, como el parpadeo de un cirio a punto de apagarse.
-Lo empecé a hacer animado por tu abuela, que siempre decía que yo tenía vena de artista. Pero eso sería años más tarde, porque apenas dos semanas después de conocerla, cuando ya pensaba que Amelia y yo estábamos hechos el uno para el otro y nada ni nadie nos podría separar, sucedió algo terrible que cambió radicalmente el transcurso de los acontecimientos y también el rumbo del país: estalló una guerra –El anciano endurece su expresión-: Nadie era ajeno a que tal hecho se diera antes o después, pues la tensión que existía en el ambiente político se palpaba con absoluta claridad, pero por qué en ese momento, ¿por qué?, me preguntaría rabioso más de un millón de veces durante aquellos aciagos tiempos. Tras la terrible noticia del levantamiento, cerrarían la lonja de manera temporal, y en tres días las tiendas y el mercado, pero el tranvía ya ese mismo día dejó de funcionar, y aunque por la tarde busqué desesperado a Amelia, no hubo manera de encontrarla. Primero tomé un taxi hasta Santa Cecilia, pues quería hablar con ella para ver cómo podíamos afrontar aquella situación sin perder el contacto. La busqué infructuosamente por todo el pueblo, por las casas de las afueras, e incluso fui al faro, pensando que quizá pudiera unirle algún vínculo familiar con el farero; fue el último lugar al que acudí, quizá temeroso de lo que pudiera encontrarme allí. Me acerqué caminando desde el pueblo una tarde húmeda y gris, y al llegar golpeé la puerta con fuerza, sin vacilar. Casi al instante las bisagras comenzaron a chirriar, la madera crujió como si en cien años nadie la hubiera abierto. Tras ella apareció de repente un hombre bajito, de ojos saltones y oscuros como dos pequeñas aceitunas negras; prominente mostacho, pelo muy negro; con dos piernas, dos brazos… y muy amable, por cierto, que sin conocerme ni saber el motivo de mi visita me invitó a pasar y tomar un trago de vino. No vi colgada de una escarpia la cabeza de ningún tiburón. En aquel sencillo despacho de apenas cinco metros cuadrados, húmedo y sombrío debido a la escasa iluminación y la proximidad del mar, sólo había una mesa de madera plagada de carcoma y sobre ella un libro vuelto y una botella de vino a mitad, detrás una silla de cuerda trenzada, un par de cuadros de barcos y un calendario con un dibujo de una sirena. Mientras el farero llenaba de tinto dos vasos que había sacado de un cajón de la mesa, le pregunté: “¿Conoce usted a una tal Amelia? Es una muchacha de unos diecinueve años, alegre y despierta, bonita y muy locuaz” Conocía a Amelia, no me cabía la menor duda, pues al pronunciar su nombre me sonrió. “Sí, claro que la conozco. Viene mucho por aquí. Para mí es lo más parecido a un ángel. Sabía que tarde o temprano vendría usted a preguntarme por ella” me respondió afable. Parecía que Amelia ya le había hablado de mí. Él la conocía bien porque a veces le llevaba el vino o el periódico del día, ya que debía permanecer horas en el faro sin salir, y cerca de allí no había ninguna tienda ni pasaba nadie de manera habitual. Aunque tampoco a él llegó a decirle nunca el lugar exacto donde vivía, sólo que compartía casa con sus abuelos, en el bosque, ya que no tenía padres ni más familia; que trabajaba en casa, bordando telas y haciendo arreglos en ropa de vestir... Viendo, al poco rato, que aquel hombre ya no tenía más información que me pudiera interesar, me despedí agradecido y, dejando mi vaso a mitad, salí de allí corriendo hacia la espesura de pinos y carrascas que inundaban las montañas, donde vivían las familias más pobres de la comarca... Pero mi sorpresa fue descubrir que la mitad de casas y cabañas estaban cerradas ya. Y en la otra mitad, al decir su nombre, por alguna extraña razón, nadie me quiso responder. ¿Acaso Amelia había marchado de aquel lugar? ¿A dónde? ¿Por qué?... ¿Qué secreto podría ocultar para desaparecer así, sin más? La desesperanza comenzaba a hacer mella en mi ilusión, pues con el paso de los días y sin recibir noticia alguna de ella, llegué incluso a pensar que Amelia, en realidad, no deseaba ser encontrada.

El anciano pierde su mirada en aquellos tiempos, y sus manos comienzan a temblar. Su nieta, que cree que su abuelo tiene frío, posa entonces sus pequeñas manos sobre las de él, y le sonríe tierna.
-¿Abuelo, te encuentras bien? –le pregunta.
-Sí, Águeda, es que lo que sucedió en los siguientes días no te lo puedo contar… -y prosigue, frunciendo ligeramente el ceño-: Mejor retomaré esta historia un año después –las palabras fluyen ligeras de su boca, pero su mirada vieja y cansada recorre algún otro lugar- Mi padre murió durante los primeros meses del levantamiento, de una forma violenta y en presencia de todo el pueblo. En ese momento, entendí que debía marchar de la ciudad, pues como si aquello fuera un delito, ambos pertenecíamos al Sindicato de Pesca, y por el bien de mi familia y mis amigos más cercanos los debía abandonar, o de lo contrario podrían sufrir represalias por tener cerca a un sindicalista. Unos que se hacían llamar “Los Maquis”, y que vivían ocultos en las montañas formando parte de una especie de guerrilla popular, me ayudaron a huir a Francia. Allí trabajé de sol a sol en el campo durante al menos tres meses, para poder comer; pero los que habían tomado el poder pronto averiguaron por dónde andaba y de nuevo me vi obligado a huir todavía más lejos, a Argentina ésta vez, pues allá vivía un hermano de leche de mi padre, con el que nos carteábamos por navidad. Aquella fue la primera vez que subí en un “avión de los de verdad”, como decía Amelia. Trabajé duro para él en unos establos que pertenecían a la familia de su mujer, cuidando a los caballos y las gallinas; vivíamos en una especie de masía, muy cerca de Mendoza: una hermosa ciudad situada al pié de los Andes, donde también forjé grandes amistades. De Amelia nunca supe más; preguntaba en cartas a mi familia en España, a mis amigos de la lonjeta, a Abel… si la habían vuelto a ver, pero nadie sabía nada. Tampoco yo tenía muchos datos que aportar, sólo un pequeño dibujo a carboncillo que le había hecho un día en la parada de Santa Cecilia, mientras esperábamos el Tranvía de la luna, y que guardaba con celo en la cartera, junto al corazón.
Pero al cabo de dos largos años, visto que jamás podría olvidarla, pues hasta el murmullo de la brisa me recordaba su voz, de nuevo me armé de valor y decidí que, en cuanto tuviera dinero suficiente para comprar el pasaje de vuelta, regresaría a buscarla. Había madurado en muchos aspectos, es duro vivir apartado de tus seres queridos y luchar día a día para no caer vencido por el recuerdo. Aunque de todas las lecciones que, para bien o para mal, guiaron mis pasos hasta el día de hoy, me quedo con las palabras que escuché de un gaucho una tarde de abril, mientras le ayudaba a buscar una yegua perdida en el Monte de la Plata: “En cada momento debés sentir cómo fluye la vida dentro y fuera de vos, vida que algunos derraman sin ser conscientes que ya no regresarán a ese mismo instante una vez más”.
Un día recibí noticias alentadoras desde España –el anciano alza de repente el tono de su voz, y busca un algo invisible en el cielo gris-, y no quise esperar. La guerra había terminado, y según me contó un bonaerense recién llegado de Madrid, algunos diarios remarcaban que no se tomarían represalias con los simpatizantes de la República que regresaran a sus casas y asumieran la derrota con dignidad. Ese mismo día tomé prestada una camioneta y acudí a Mendoza, busqué una agencia de viajes y compré el billete de regreso a la Madre Patria.

La emoción del anciano se palpa en su mirada. Sus ojos brillan de nuevo, pero con mayor intensidad:
-Cuando al fin llegué a la ciudad, todo había cambiado. Las casas, las calles, las gentes… eran diferentes de cómo yo las recordaba. Incluso también yo había cambiado mi nombre, por el de Rodrigo Buendía, ya que pese a la declaración de armisticio para algunos presos políticos, hasta que no palpara el ambiente en primera persona no estaba dispuesto a confiar en las palabras que en tiempos pasados me causaron tanto dolor. No sabía por dónde empezar a buscar a tu abuela, pues en la ciudad todavía no se había terminado de elaborar el nuevo censo. Así que, sencillamente, opté por primero tomar el viejo Tranvía de la luna, que en mis sueños ya tomaba con nostalgia casi cada noche. Lo tomé en la misma parada que lo había hecho tantas veces años atrás, compré el billete hasta Santa Cecilia. Ya me habían contado que la lonjeta permanecía cerrada, y que Barrilete había muerto durante un bombardeo, salpicado por la metralla de un obús; que Abel seguía en el faro, encerrado con su vino, su periódico del día y sus cuadros de barcos, como siempre. Me pregunté si Amelia seguiría haciendo sus recados al farero, si estaría ya casada, o si se habría transformado en una persona distinta a como la recordaba; pero antes, me pregunté si permanecería yo en su recuerdo.
Sentí añoranza y tristeza al mismo tiempo, cuando llegué a la parada de Santa Cecilia, me asomé por la ventanilla y vi que Amelia no estaba allí esperando. Bajé del vagón y me senté en el banco de madera que había junto a la farola, donde ella tantas veces había esperado que llegara el tranvía. El mar estaba encrespado, y hacía algo de frío; el viento susurraba a mis oídos palabras que en tiempos pasados hablaban de amor, y que ahora ya no entendía... Pero entonces, cuando las dos pequeñas luces rojas del tranvía ya casi se habían perdido en la oscuridad de la vía camino del Faro, de repente, la oscura silueta de una persona se dibujó sobre el suelo, ocultando casi por completo la luz que derramaba la farola sobre mí. No quise volverme para mirar, tenía miedo de equivocarme. Al instante, un ligero perfume a azahar se deslizó en el aire; después, una mano suave y tibia acarició mi rostro…
-¡¿Era ella?! –interrumpe Águeda, intrigada, agarrando con fuerza el brazo de su abuelo.
-Sí, era ella –asiente con la mirada-. Más hermosa que nunca. Mi amada Amelia, la muchacha de mejillas sonrosadas, luminosa sonrisa y dulce mirada, la misma que dos años antes me había arrebatado el alma. Alguien le había informado de mi llegada y esperaba en la parada, como en tiempos pasados –El anciano dirige su tierna mirada hacia el feliz rostro de su nieta, y acaricia con suavidad su larga melena negra, tan negra como la de su abuela cuando era joven, y agrega-: ‘Camarada Ameli’, le apodaron durante la guerra, cabecilla del “maquis” en la Sierra de Calderona. ¿Quién lo iba a decir?... Tu abuela, una guerrillera. Tan en secreto lo guardaba que me tuve que enterar años después, en una hemeroteca de la ciudad, ojeando viejos periódicos editados en Francia durante la posguerra, para documentar una novela en la que trabajaba.
-Vaya, así que cuando murió tu papá fue la abuela quien te ayudó a escapar a Francia, ¡y sin que tú lo supieras! –comenta sorprendida Águeda-. Sabes... cuando sea mayor, me gustaría ser tan valiente como ella.
-Ya eres mayor, Águeda, ya eres mayor... y muy lista, por cierto. Créeme, tienes mucho de tu abuela, te lo puedo asegurar.

El sol palideció, parpadeó unos segundos y luego desapareció bajo las nubes que inundaban el horizonte de fuego y púrpura. El anciano se incorporó de la barca, tomó a su nieta de las manos y la ayudó a bajar, después regresaron juntos hacia el pueblo, caminando muy despacio, sin dejar de hablar, dejando sus huellas sobre la arena de la playa, a merced de la marea.

Pero esta tarde, de nuevo, lo he vuelto a ver. Paseaba por la orilla del mar, dejando que las olas bañaran sus pies. Ya no circundan la playa vías ni tranvía, pues hace años que cambiaron el trazado para ampliar el Paseo Marítimo: restaurantes, puestos ambulantes, contenedores de basura… que hoy casi llegan hasta la ciudad. Salvo algunas gaviotas que sobrevolaban la orilla buscando comida entre las algas muertas que deposita el mar sobre la arena, el cielo estaba tan limpio y claro que parecía de cristal. Al fondo, cerca de unas tablones arremolinados que recuerdan tiempos pasados, agoniza, semienterrada por la arena, la antigua lonjeta del pescado. El viejo embarcadero es ahora un pequeño puerto deportivo, donde atracan dos balandras, una falúa y quince o veinte pequeñas embarcaciones privadas. Sin embargo, el anciano todavía prefiere la pequeña barca de pesca, blanca y verde, de nombre Isabel, varada en la orilla desde hace ya algo más de cuarenta años; cada tarde se sienta sobre ella, escucha el rumor de las olas y simplemente deja pasar el tiempo, mientras el crepúsculo se vence a la oscuridad.
Y si algún día alguien me preguntara qué hace allí, yo le respondería: “Espera su tranvía, el Tranvía de la luna, que ya no tardará en llegar”.

Escrito por Quintin de Parma
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Comentarios

  1. Relato delicioso y sensible, que el narrador presenta desde la ternura de la conversación de un abuelo con su nieta. Relato que explora, con un tono realista y emotivo, un amor de juventud, apasionado, un amor que supera la devastación de una guerra y que dura hasta la ancianidad.
    La foto que ilustra el relato tambien es hermosa, realzando esa silueta silenciosa sobre los tonos añiles y naranjas.

    Caroline de Beauregard — 27-11-2007 15:52:47


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