Dicen que los gatos son sagaces e inteligentes. Que tienen siete vidas. Y que a pesar de tener tantas, no suelen desperdiciarla como nosotros. Por ahí van los tiros en este relato.
Los inocuos rayos de la luna
Se coló por el balcón desde la luna llena y se hizo un hueco junto al televisor, a mi pesar. Acabé llamándole Guillermo, porque por entonces echaba mucho de menos la compañía de mi ex.
Sin pretenderlo, me acostumbré a su maullido disconforme cuando la pantalla se teñía de rosa y él dejaba claro que no le gustaba nada el famoseo. Y no cesaba hasta que me hacía asentir con la cabeza. Muchas tardes, mientras yo sesteaba en el sofá, mi camarada erguía las orejas atentamente tras la sintonía de los documentales de la 2. Y algunas noches gimoteaba lánguidos miaus, al filo de la madrugada, cuando las películas de amor sin cortes, al tiempo que yo liquidaba medio paquete de klínex.
Pero lo que no le gustaban en absoluto eran los telediarios; era corriente que se le erizaran los pelos del lomo, y la cola, y tosiera maullidos intermitentes y rabiosos hasta la crónica deportiva.
El día que inundaron la pantalla las imágenes de la bomba en un mercado de país casi olvidado, Guillermo II emitió su postrer lamento. A partir de aquella anochecida, prefirió vagabundear por su tejado y empaparse de los inocuos rayos de la luna.
Yo, desde entonces, no acierto a recordar dónde demonios puse el otro medio paquete de klínex.
Caroline de Beauregard — 11-12-2007 12:50:38
Quintin de Parma — 11-12-2007 13:06:53
Pepe Amodeo — 12-12-2007 22:12:20
Caroline de Beauregard — 13-12-2007 15:34:28
Esperanza — 13-12-2007 20:29:45
una chica de marte — 14-12-2007 20:33:50