"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.

La empresa, el mundo de la empresa, ese lugar físico y a la vez abstracto en el que todos los días nos reunimos millones de personas de todo el planeta, viene a ser como la selección española de fútbol: todos tenemos algo que opinar sobre cómo gestionarla, todos creemos tener la solución a sus males. La razón detrás de esa inclinación es compleja, aunque quizá tenga mucho que ver con el corazón. Pero los sentimientos y el dinero casan mal y un ejemplo palmario es ese concepto que conocemos como empresa familiar.
La empresa familiar supone un porcentaje altísimo —en todo el mundo— sobre el total de las empresas que baten la economía a diario. Y es natural. Parece razonable que un emprendedor novato que se juega su dinero, en sus comienzos, se apoye en personas de su confianza y, normalmente, estamos convencidos de que la gente que nunca nos ha de fallar se encuentra entre nuestros hijos, hermanos, tíos o primos.
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Pero aunque esto puede ser así, no lo es en todos los casos. O lo es sólo al principio, cuando la empresa es pequeña y el objetivo es tan simple como mantener la cabeza fuera del agua y encontrar una esquina en la que sobrevivir a los bocados del mercado, ganando —o perdiendo— lo justo. Más tarde, cuando hay algo de dinero o de poder para repartir, aparecen los problemas de verdad. Problemas típicos de empresa, comunes y sanos, que no tienen mayor trascendencia si se abordan entre personas sin vinculación afectiva pero que pueden ser peliagudos si al tratarlos existe la posibilidad de herir los sentimientos de alguien cercano. Y es que temas que son asépticos entre extraños pueden envenenar las relaciones entre un padre y un hijo o entre dos hermanos.
Sería en ese punto de su desarrollo cuando las empresas familiares deberían dejar de serlo y profesionalizarse. Lo cual, evidentemente, es muy difícil o imposible. Porque es cuando se llega a la inflexión y el asunto fundamental deja de ser sobrevivir y pasa a ser repartir la riqueza o el poder, cuando surgen los desencuentros. Cuando caemos en la cuenta de que el concepto empresa familiar es un contrasentido, o mejor, una contradicción: la familia está para quererse y sólo hay una. La empresa está para ganar dinero, y hay muchas y podemos entrar y salir de ellas sin apenas limitaciones o perjuicios. Y es que el amor y el dinero casan mal. Como el agua y el aceite, que por más que los remuevas y aparenten haberse unido, en cuanto la mezcla reposa, sus componentes se rechazan, porque su esencia es diferente y no están hechos para convivir.
Caroline de Beauregard — 31-01-2008 16:26:44