
Mi personaje no tenía cara. Ni nombre. Hasta el día en que me topé por casualidad con la magnífica obra del fotógrafo Aitor Lara y encontré la foto que aquí veis (Sharq Taronalari. Samarkanda, 2004). Entonces supe que era ella. Y la protagonista de mi relato nunca más fue una desconocida.
No quería disfrazarse de princesa.
La música le atronaba los oídos, las horquillas del pelo le aguijoneaban las sienes, el aire denso la mareaba.
- Lo harás, hija mía. Es tu deber, dijo su madre.
-¡No toleraré desobediencias en mi casa!, gritó el padre.
No paraba de gimotear frente al espejo que el ama le ofrecía.
- Siempre ha sido así, niñita..., repetía la sirvienta, con voz entrecortada.
- ¡El novio! ¡Que se impacienta el novio!, vocearon.
- ¡Yo sólo quiero una dócil y fértil tercera esposa!, reclamaba aquél, mesándose la barba.
Ella, entonces, recogió su muñeca favorita y se dejó hacer.
Caroline de Beauregard — 25-02-2008 09:37:56
Crisálida — 10-03-2008 13:07:20