"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.

Tras una parrafada lenta, sobreactuada, con la bravuconería de quien está acostumbrado a ser temido, Hugo Chávez, presidente de Venezuela, remató su amenaza con un latinajo: “No se le vaya a ocurrir realizar una incursión militar… porque sería causus belis”. El ex paracaidista se dirigía en público a su ausente interlocutor, Alvaro Uribe, presidente de Colombia. Pero el recurso culteranista le salió tan mal al pretendiente a ser presidente vitalicio que, en lugar de meter miedo —como pretendía—, metió risa. Si es que aún cabe espacio para el humor en un tema tan pavoroso como la guerrilla colombiana, sus rehenes, sus 42 años de enfrentamiento con el gobierno de Bogotá y la estrategia matonista de este vecino.
“Causus belis” en vez de “Casus belli”, pero es igual porque se le entiende todo: “Motivo para la guerra”, que es lo que se procura este Chávez que, en lugar de seguir sirviendo a su país como un honrado paracaidista, se mete a salvapatrias con un grado de histrionismo tan elevado, que incluso se nos hace excesivo para lo que desde el cono sur nos tienen acostumbrados.
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Y con esta y otras como esta, aleja la atención de los problemas reales de su país. Lo mismo amenaza a un vecino que a las empresas españolas establecidas allí, recurriendo al manido discurso de comparar la actuación de Telefónica, Santander, BBVA, Endesa o Repsol con el expolio de riquezas que la Corona española realizó cuando aquellos eran sus territorios, con el estrambote sorprendente de que “Venezuela no necesita las inversiones de esas empresas”. Y mientras el presidente habla de motivos para la guerra, Telefónica presenta unas cifras que la convierten en la operadora más próspera del mundo, trabajándose un tercio de su negocio en Sudamérica.
Casus belli. Motivos para la guerra es lo que busca el militar de la camisa roja obsesionado con Bolívar. En sus inicios, Chávez aparentó ser el líder que podría librar a su país de la corrupción y de la pobreza, pero como tantos otros, se extravió por el camino. Quizás es imposible no perder el rumbo y la cabeza cuando uno se encierra en un palacio y los años empiezan a correr. Los economistas, hoy divididos en cuanto a la seriedad y profundidad de la crisis que vivimos, tenemos una nueva variable a considerar: un conflicto armado en la zona. Un país rico en petróleo como Venezuela, en guerra con Colombia, respaldado por los Estados Unidos, podría ser esa nueva variable que, incluida en los modelos previsionales, podría tener consecuencias económicas tan imprevisibles como inesperadas.