"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.

Cuando estás delante de un “masai” las diferencias abruman y una rara inquietud se hace fuerte en ti. Lo instintivo es buscar adjetivos para dibujar con las palabras: indómitos, arrogantes, silenciosos, valientes, herméticos, resistentes, leales, impíos con el enemigo, letales… Su rechazo a nuestra “civilización” ha sido tolerado por los sucesivos gobiernos de Kenia y Tanzania, su hábitat natural, a los que ignoran tanto como a sus fronteras.
La mayoría de los más de dos millones largos de almas que pueblan Nairobi, habita en chabolas insalubres sin agua ni luz ni saneamiento. Las empresas que allí radican —las hay— no cuentan con ninguna seguridad y están expuestas a un bandidaje endémico. Así, los empresarios han organizado su propia seguridad, para lo cual contratan a jóvenes guerreros masai que sólo visten una túnica con la que cubren todo lo que necesitan para comer, beber, dormir, atacar o defenderse. Como consecuencia de su presencia alrededor de los negocios, la delincuencia ha decrecido de forma espectacular.
En España también convivimos con etnias que poseen lejanas similitudes con los masai: viven con valores arcaicos, ignoran al Estado y ante los conflictos, recurren a su propia “justicia”. Además, un alto porcentaje carece de profesión u ocupación estable conocida o confesable. En pocas palabras: no saben o no quieren integrarse. Curiosamente, algunas de estas etnias —o empresas en cuyo logo se ven sus símbolos— también se dedica a proporcionar “protección”. En concreto, a las de construcción, ofreciendo servicios de vigilancia nocturna “para que no desaparezca material u ocurran destrozos en lo ya construido”.
Parece más que razonable y positivo que una etnia marginal se integre poco a poco, creando empresas y dando trabajo a sus miembros, sea en seguridad o en cualquier sector y que lo hagan con su NIF y declarando el IVA. Pero para hacer esa afirmación habría que pasar por alto que, a veces, esas prestaciones de servicios de seguridad a empresas constructoras son una mera extorsión. Y nuestro Estado, o los que dirigen sus fuerzas de seguridad, no consiguen erradicar el problema. La diferencia entre los masais, que se pasean con su túnica y su machetazo y nuestros vigilantes nocturnos, que señalan las obras “protegidas” con sus símbolos, es poca, la gran diferencia está entre los mandan en Kenia y los que ejercen el poder aquí.
Abu-Lab — 13-05-2008 12:18:52
Quintin de Parma — 13-05-2008 12:23:14