"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Algunas veces nos cuesta reconocer que el Señor no pensó en nosotros cuando concibió la idea de lo que debe ser un “directivo ideal”. Dirigir recursos humanos, productivos y financieros requiere ciertas cualidades y habilidades de las que la gran mayoría carece. Pero como no hay nada en la vida que no podamos aprender si disponemos de la voluntad necesaria y del tiempo suficiente, a pesar de la dificultad, muchos lo intentan.
Un dirigente de empresa es un ser sometido a un número variable y cambiante —pero siempre alto— de presiones, incertidumbres y riesgos que, indefectiblemente, le llevan a vivir a diario con una importante dosis de ansiedad y estrés. Si el individuo no es capaz de canalizar adecuadamente todas esas fuerzas negativas —destructivas— difícilmente podrá lograr el equilibrio interno en el que se apoya cualquier liderazgo eficiente o una cabal toma de decisiones. Los mejores dirigentes son aquellos capaces de mantener la calma ante la adversidad, los que no se dejan arrastrar por el egocentrismo, y a la vez, los que tratan de evitar en todo momento la ignorancia o la inconsciencia.
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Para ayudar en ese camino, hoy usamos el coaching, que nació en los 70s en el mundo del tenis profesional. En su libro “El juego interior”, Timothy Gallwey concluye que apenas hay diferencias técnicas o deportivas entre los tenistas de élite, que lo que realmente determinaba el éxito o el fracaso es la fuerza mental de cada uno y la forma en que la usa. Curiosamente, sus teorías despertaron mayor interés en el mundo de la empresa que en el deportivo y, de inmediato, se empezaron a utilizar en la mejora del desempeño del directivo.
El coaching persigue que el dirigente logre un mejor autoconocimiento y autocomprensión como paso previo para su desarrollo profesional. La metodología carece de formulas magistrales o espectacularidades teóricas. Se trata de que el pupilo (el directivo) se reúna con su coach (un especialista en la técnica, no necesariamente un psicólogo titulado) entre dos y cuatro horas a la semana. En estas sesiones, el coach no aporta consejos o directrices, sino que hace las preguntas pertinentes para que el pupilo se dé a sí mismo las respuestas que anda buscando.
Nada nuevo, si pensamos que es justo la técnica que usaba Sócrates hace 2.400 años; por eso, cuando vemos a Nadal remontar un 1-6 ante Federer, todos sabemos que el secreto no está en sus brazos o en sus piernas. De eso se trata.