"El Decodificador" es una columna escrita por Luis Miguel Rufino que aparece todos los martes en la sección de Economía y Empresa del diario El Mundo.
Es esta una época en la que se van venciendo las tensiones en la mayoría de las oficinas. El primer síntoma de los cambios que se van instalando alrededor de nuestras mesas y despachos, casi sin que nos demos cuenta, es la puesta en marcha de la jornada continuada, trabajando sólo hasta las tres, evitando la calor. El segundo son las primeras idas de esos colegas raros que evitan las vacaciones en julio y agosto, esos meses caóticos de playas atestadas, hoteles al completo y carreteras en colapso. El tercero es cuando por primera vez oímos a un compañero o jefe usar la fórmula “esto… mejor lo dejamos para septiembre”.
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Hay un zapatero en Dos Hermanas, cerca de la autopista, casi al lado de la gasolinera, que es un artista, un reparador de calzado de los que ya no quedan, que arregla —o arreglaba— lo inarreglable con imaginación y con mimo, a unos precios siempre razonables. Por desgracia, él también se va haciendo mayor y va soltando responsabilidades en sus hijos. A pesar de que la parentela no se le parece demasiado, yo siempre le he sido fiel y le he llevado mis zapatos a componer, aunque estuviera viviendo lejos de allí. El sábado pasado fui por un arreglillo, nada importante, los tacones —ya se sabe— que se desgastan por el borde posterior y si no se tiene cuidado, se come uno la pieza de material. Conviene echarles un suplemento de goma, una tapa.
Pues cuál no sería mi sorpresa cuando vi la puerta cerrada y un cartel escrito con ordenador, con letras muy historiadas, que decía: “Cerrado por horario de verano del 1 de mayo al 30 de octubre”. Si uno echa las cuentas, mi diligente y casi anciano zapatero considera justo la mitad del año como horario de verano, seis meses, el tiempo del calor, un tiempo para trabajar menos. Lo inmediato fue reírme recordando aquella cancioncilla de mi infancia en la que, de manera blanca y humorística, el letrista anónimo se metía con la devoción de los zapateros por el trabajo: “El lunes, galbana; el martes, malagana; el miércoles tormenta; el jueves, malaventa; el viernes, vendaval… para un día que queda en la semana ¿para qué vamos a trabajar?”.
No creo que esta letra sobre el relajo zapateril sea aplicable a mi zapatero favorito, no. Yo siempre he peleado y argumentado cuando he oído hablar a gente de más al norte usar el tópico ese de lo poco que trabajamos en Andalucía. Mi zapatero es ya mayor y no tiene mucha ayuda. Es un caso aislado. Creo que esa no es la disposición general en Andalucía.
Caroline de Beauregard — 03-07-2008 09:25:05