Esta es la primera entrega de una nueva sección titulada "De Visita" , una columna escrita por Luis Miguel Rufino en la sección de Opinión del diario El Mundo que aparecerá todos los miércoles y viernes del mes de agosto de 2008.

Es una pena que ya no den los dibujos animados del oso Yogi, siempre acompañado por el osito Bubu y tratando de burlar al guardabosques Smith. Gracias a ellos, una generación de españolitos supimos (sin tener que viajar a los Estados Unidos) que había un parque nacional allí donde la gente pasaba el día entre caprichos de la naturaleza, árboles y osos. Osos que robaban las cestas de merienda de los visitantes y ponían en aprietos al guardabosques, que mediaba como podía. Yogi vivía en el parque Jellystone (Piedra de mermelada) que suena casi igual Yellowstone (Piedra amarilla), el grandioso parque natural en Wyoming, donde osos, lobos, bisontes y alces se mezclan con la belleza exuberante de la flora y los géiseres de agua caliente.
Pues ocurrió que un boy scout de carne y hueso iba de marcha con su tropa atravesando el parque Yellowstone. A mitad de la caminata, el niño se separa del grupo (quién sabe si al chaval le pareció ver a Yogi tras un matojo) y se pierde en el monte. Las autoridades organizan la búsqueda, pero pasa el día sin un rastro, la pañoleta, el sombrero, algo. Se hace de noche, la temperatura baja y empieza a llover a cántaros. De repente muchos caen en que no todos los osos son tan lindos como Yogi y que los lobos atacan en manadas organizadas con la eficiencia de las legiones romanas.
En cuanto despunta el alba, se reanudan las labores de rescate. Se oyen las primeras opiniones pesimistas sobre el estado en que aparecerá el niño… si se le encuentra. La solidaridad se extiende por todo el país y, como no podía ser de otra manera, un tal Harrison Ford, un actor que tiene una finca junto al parque y que mañana cumplirá 59 años, se ofrece a colaborar volando con su propio helicóptero.
Una vez oí decir que los habitantes del mundo nos dividíamos en dos: los que tenemos enchufes para la luz y los que no, y creo que hay poca gente con acceso a la electricidad que ignore quién es Harrison Ford. Aunque ya hizo secundarios en series míticas de los sesenta (“Ironside” o “El Virginiano”), su nombre empezó a sonar cuando encarnó a Hans Solo, el piloto del Halcón Milenario, la nave contrabandista de la “Guerra de la Galaxias”. Pero la fama con mayúsculas le vino por las cuatro veces que hizo de “Indiana Jones”, el gran mito de entre siglos. Nadie puede imaginar otra cara para el valiente, simpático y tierno aventurero que no sea la de Harrison Ford que, aunque parezca que tiene 36, hace dos semanas que cumplió 66.
Pero la vida a veces nos da sorpresas que, además de ser agradables, nos la pueden salvar. Imaginen ustedes al pobre boy scout tras pasar la noche aterido entre alimañas. Ha tenido tiempo de pensar diecinueve mil veces que puede morir pero de repente, ve un helicóptero en el aire. Le hace señas y el pájaro se posa con suavidad en un calvero. Corre hasta el aparato y cuando la portezuela se abre, ¿quién sale de dentro? Pues Indiana Jones en carne mortal.
Si el corazón del chaval pudo aguantar la descarga de adrenalina inyectada en sus venas —“Indiana Jones ha venido a salvarme”—, ese cuerpo, de mayor, podrá aguantarlo todo. Qué bueno que esté contrastado que la vida, a veces, es capaz de regalar sorpresas así.