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La vaca - "De visita" - Diario El Mundo

Archivado en Otros Artículos en Prensa • Fecha: 08-08-2008 01:01:35

Segunda entrega de la columna "De visita", que escribe Luis Miguel Rufino en la sección de Opinión del diario El Mundo.

Aparecerá todos los miércoles y viernes del mes de agosto de 2008.

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La vaca

 

Un payador es un cantor popular que, acompañándose con una guitarra y en contrapunto con otro, improvisa sobre temas variados. Por supuesto que yo desconocía esto hasta que me fui al diccionario tras escuchar a los míticos Les Luthiers interpretando su payada “La vaca”.

En ella, Jorge Maronna reta a Daniel Rabinovich diciéndole: “Dígame usted, compañero/y conteste con prudencia:/Cuál es la mansa presencia/que puebla nuestras praderas/y en melancólica espera,/con abnegada paciencia,/nos da alimento y abrigo/fingiendo indiferencia”. Rabinovich, que suele interpretar el papel de poco espabilado, no atina a resolver el acertijo, con lo que Maronna vuelve a la carga: “Nómbreme usted el animal,/que no es toro ni cebú/que pa’ ayudar la salud/y pa’ que a usted le aproveche,/le da la carne y la leche/en generosa actitud./Tiene cola y cuatro patas/y cuando muge hace Muuu”. Tras lo cual, por fin, el otro grita encantado: “¡La vaca!”

Pues tal como le pasaba a Rabinovich, a veces es difícil identificar una vaca. Ocurrió en el verano de hace once años, en la Rusia ex soviética, un país en el que ya menudeaban los millonarios pero en el que los miembros del ejército aún las pasaban canutas para cobrar o para catar algo de carne en el rancho. Por ello, la tripulación de un avión militar de transporte, de misión en el extremo más oriental del país, frente al Mar del Japón, no se lo pensó dos veces cuando, volando a baja cota, vio que una vaca pastaba en un prado. Aterrizaron, y tirando de un ronzal, introdujeron al animal en la bodega del avión. Los aviadores encantados con la idea de cenar carne en cuanto arribaran a su base, despegaron salivando y con la vaca dentro.

Al principio, el animal miraba el interior del avión con indiferencia, pero en cuanto notó las vibraciones y el estruendo dentro del tubo, la paz abandono su espíritu. Empezó a dar cornadas y patadas, a mugir y a arremeter, hasta que puso en peligro la mera permanencia en vuelo del avión. Los rusos, más asustados que la vaca, para evitarse males mayores, no tuvieron mejor idea que abrir la compuerta de la bodega y dejar que el animal cayera al vacío desde 9.000 metros.

Lo que nadie podía pensar es que los 700 kilos de vaca viva fuesen a caer sobre la cubierta de un pesquero que faenaba en el Mar del Japón. El barco se fue a pique en cuestión de minutos, si bien los ocho miembros de la tripulación fueron recogidos horas después por una lancha del Servicio Guardacostas. Interrogados por las autoridades al llegar a tierra, el relato de todos los marineros coincidía: “Una vaca cayó del cielo y hundió el barco”. La policía japonesa, temiendo que tan rara unanimidad encubriera algún tipo de delito, los encarceló a todos. Tuvieron que pasar unas semanas hasta que las autoridades rusas reconocieron ante sus homónimos japoneses la culpa de sus hambrientos aviadores y el asunto vio la luz en el Komsomolskaia Pravda de Moscú.

Hoy en día, si uno pregunta en el puerto de Yawatahama, no es difícil dar con uno de aquellos ocho pescadores, un sesentón que atiende por Kamoshita. Cualquier extranjero que lo aborde y le pague unas cervezas, puede oír cómo el hombre cuenta su mejor anécdota, entre carcajadas, con gusto y orgullo.

Escrito por Quintin de Parma
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