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Cien años - "De visita" - Diario El Mundo

Archivado en Otros Artículos en Prensa • Fecha: 15-08-2008 01:01:47

 "...la vida exige de nosotros un esfuerzo consciente para acercarnos, de vez en cuando, a ese concepto tan etéreo como manoseado que es la felicidad."

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Cien años

 

Hace unos días, una emisora radiaba la entrevista a una señora el día que cumplía sus primeros cien años. No me puedo imaginar el aspecto de la anciana, pero su tono de voz era firme y claro, su sintaxis correctísima y su dicción estupenda. Si no fuera porque habían dicho el motivo por el que la señora aparecía en antena, nunca hubiera dicho que se trataba de un centenario.

La mujer repasó su vida en forma de pequeños relatos con los que era capaz de llevarnos, fidedignamente, a distintos momentos de su pasado, como su infancia, juventud, su época de recién casada, cuando fue madre joven o más tarde abuela y viuda a continuación. Llamaba la atención que cada una de esas historias culminaba, sistemáticamente, con una reflexión positiva o con una mención de agrado hacia algo o alguien, del tipo: “Qué bien se portaron conmigo”, “Cuánto disfrutamos” o “Qué buena persona era”. Aquella mujer lo recordaba todo con alegría, pero sin añoranza, como si pasara las páginas de un álbum lleno de fotos antiguas pero supiera que, en cualquier momento, podía levantar la cabeza y vivir en el presente, en el salón donde estaba, con las personas a su alrededor, con la misma alegría que obtenía del recuerdo.

Además, si hemos de creer lo que contaba, se deducía que la señora había tenido interés por las cosas. No era de las que dejan pasar los días sentada en una butaca. Había tenido diferentes hobbys con los que había sabido rellenar sus ratos de ocio. Unos habían sido intelectuales, como la lectura o escribir “versos”, otros casi deportivos, los demás, de mero pasar el tiempo, como hacer crucigramas o inventar adivinanzas.

El hablar de aquella señora me hizo recordar algunas expresiones en desuso, o que yo no oigo, quizás por anacrónicas, y que hicieron presente algunas de las esquinas de la niñez, como cuando dijo que “Yo tenía un nieto muy malo que me hacía de correr”. Y es verdad, hubo una época, no tan lejana, en la que no estaba bien visto que las mujeres de toda edad o los hombres mayores corrieran. Correr era una actividad de gente joven o poco seria o no muy educada.

Me pregunto si la señora ha llegado a los cien años rebosante de salud, energía y vitalidad porque ha vivido una buena vida, porque ha tenido la suerte de relacionarse con buenas personas o si, por el contrario, su alegría se debe a que sólo recuerda lo bueno que le ha pasado. Debe de ser lo segundo, pues a todos nos toca nuestra ración de yin y nuestra ración de yang, a todos nos reparten oros y bastos, nos dan pares y nones, blancas y negras.

El detalle más interesante, el más digno de reflexión, estaría en saber si el olvido de lo malo que tiene esta señora se debe a un acto terapéutico automático de su mente, que ha sido buena con ella y ha borrado los sofocones de todo tipo que, sin duda, le habrán cabido en el cupo o, por el contrario, ella de forma voluntaria ha cerrado la puerta a según que recuerdos negativos. La respuesta no debe de estar en el reflejo automático, si así fuera, la gente sería más alegre, estaría más feliz. Debe de ser la segunda, es decir, la vida exige de nosotros un esfuerzo consciente para acercarnos, de vez en cuando, a ese concepto tan etéreo como manoseado que es la felicidad.

Escrito por Quintin de Parma
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