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"Taller de lavadoras" - Cuentos de Verano del Grupo Joly (Entrega 1)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 17-08-2008 01:01:42

Entre el 17 y el 23 de agosto, los nueve diarios del Grupo Joly (Diario de Cádiz, Diario de Jerez, Europa Sur, Diario de Sevilla, El Día de Córdoba, Huelva Información, Málaga Hoy, Granada Hoy y Almería Actualidad) publicarán el relato de Luis Miguel Rufino “Taller de lavadoras”, del que ofrecemos hoy la primera de las siete entregas.

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Entrega 1

 

 

—¡No! ¡Esto no es el taller del señor Lotario! ¿Me ha oído?... ¡Qué no! Aquí no hay nadie que arregle lavadoras… ¡No! ¡Nadie! ¿Me entiende?

Nico no habla, grita. Y grita mucho, está realmente enfadada. Su mirada fija en un punto de la alfombra, sin parpadear, sin darse cuenta de que de su boca se escapa algún que otro perdigón de saliva. Unos chocan contra el auricular del teléfono, otros se pierden buscando el suelo o los muebles.

—… y no vuelva a llamar a este teléfono nunca más, ¿me ha oído? ¡Nunca! ¡Ni se le ocurra!

¡Clanc!

La chica cuelga dando un golpe —fuerte— sobre el aparato, que vuelve a reposar indiferente en la mesita baja, junto al sofá. La superficie alabeada del auricular no encaja a la primera sobre el soporte donde debía hacerlo, y al notarlo, Nico, sin mirar, levanta el aparato y lo mueve, como quien exprime una naranja, —Rrrrr… clanc— hasta que consigue alojarlo en su hueco. El teléfono está fabricado en pasta de plástico. Debería haberse rasgado, pero no.

La oboísta saca un cigarrillo del bolso de tela vaquera, lo enciende. No le gusta fumar mientras ensaya porque luego las boquillas saben a tabaco y, al tocar, es como si chupara un cenicero, pero desde hace unos días está demasiado nerviosa como para fijarse en detalles nimios como ese. Ayer por la tarde se sorprendió masticando una boquilla del oboe. La doble caña por donde el instrumento traga el aire estaba tan mordida como los lápices de su primo Salva en el colegio. Un destrozo.

No es capaz de concentrarse. Los días pasan, la fecha de la audición para cubrir la plaza vacante (fija en plantilla, buen convenio, buen horario) de oboe en la Orquesta Sinfónica Nacional y Autonómica de la Región se acerca, y ella se siente cada vez más insegura. Cada día dedica menos tiempo a practicar, o lo que es peor, el mucho tiempo que dedica a estudiar apenas le sirve porque no consigue la concentración necesaria.

Esta nueva situación dura desde que…, perdón, pero vuelve a sonar el teléfono. Nico salta como un resorte, desencajada, tira el cigarrillo sobre la alfombra, descuelga el auricular y grita. Grita. Un círculo rojo y brillante empieza a rodear la brasa de la colilla que yace sobre la alfombra de lana.

—¿Diga?... ¡No! ¡Que no, que no y que no! ¡Aquí no hay ningún señor Lotario! ¡Aquí no se arreglan lavadoras!

Clanc.

La muchacha empieza a sollozar. Se sienta en el sofá, se tapa la cara con las manos. Ya que no se puede concentrar y practicar, decide relajarse un rato llorando a gusto. Al menos, hasta que vuelva a sonar el teléfono y vuelvan a preguntar por el señor Lotario y sus lavadoras por arreglar. Huele a quemado. Entreabre los dedos ligeramente, lo justo para ver una pequeña columna de humo que sale de la alfombra. Se levanta, pisa la colilla sobre la urdimbre de lana de Fez y derrama encima el culín de agua que queda en un vaso. “Ni siquiera a llorar con tranquilidad puede sentarse una”, dice en voz alta.

Decía que la nueva situación dura desde hace una semana, justo desde que los de la Telefonista, la mayor compañía de comunicación del país, antiguo monopolio estatal, por fin, se habían dignado instalarle la línea de teléfono fijo que pidió cuando se mudó a este nuevo apartamento, hace ahora tres meses. Tener tranquilidad para preparar las pruebas de ingreso en la Orquesta era lo más importante. Por eso, Nico había decidido trasladarse a otro piso en el que vivir sola tras hacer muchos cálculos. Su economía estaba bajo mínimos, pero necesitaba algo de soledad y menos ruidos, es decir, menos música. La casa anterior era más céntrica, más grande y le salía bastante más barata. Allí compartía gastos con el trombón bajo de la Joven Orquesta Nacional y Autonómica de la Región y con una profesora de tuba del Turris Ebúrnea (¿o era el Máter Admirábilis?), un Conservatorio de Grado Medio, allí en el barrio.

Aunque hay una razón más que la empujó a tomar la decisión de salir del piso compartido: uno de sus dos compañeros, el que se sentaba detrás del trombón, el que lo soplaba hinchando la piel de los carrillos y moviendo la vara por las siete posiciones posibles, arriba y abajo. Un hombre que, tras dos años de relación, se había convertido —de la noche a la mañana— en una de esas pieles frías que apenas se dejan tocar, y que cuando lo hacen, convierten en desagradable lo que tenía que ser placentero, quizás por haberse regalado sin medida anteriormente. Puede que lo que a Nico le duela sea el contraste, más que la pérdida del amor.

El caso es que mudarse a vivir sola, lo que parecía que iba a ser un magnífico paso profesional, incluso vital, la gran idea, lo que le permitiría concentrarse en las oposiciones para la Orquesta, se convirtió en un verdadero trastorno.

*****

 

Nico sigue llorando. El teléfono vuelve a sonar. Esta vez, la muchacha no lo levanta, sólo lo mira en silencio, como si le preguntara “¿Qué te he hecho yo a ti?”. Al cuarto timbrazo, sin descolgarlo, empieza a hablar sola, o lo que sería más exacto, empieza a hablarle al aparato.

—Ya sé que nadie tiene culpa de que me hayan asignado el número de teléfono que antes perteneció a un taller de lavadoras. Ya sé que nadie tiene culpa de que el dueño fuera tan eficiente y honrado, tan popular en el barrio y los alrededores. Por lo mucho que lo llaman, puede que fueran miles los clientes que tenía. Millones… Y ya sé que, salvo el propio señor Lotario, nadie tiene la culpa de que desapareciera una tarde sin dejar rastro. Nadie sabe nada de él. O de su paradero. Nadie es culpable de nada, lo sé... Pero la que menos culpa tiene de todo ¡soy yo! —aquí Nico vuelve a gritar, descuelga el teléfono y continúa su perorata hablándole al auricular—, que sólo pretendo prepararme mi examen para obtener una plaza en propiedad como oboísta en una orquesta, que no le pido mucho más a la vida, que estoy desesperada, que no tengo dónde caerme muerta a mi edad, ¡nada!, después de tantos años de estudio, de reclusión, de dejarme kilos y kilos de la piel de mis labios rozándola contra las cañas de las boquillas por las que soplo mi puto oboe ¿me entiende o no?

—Clic —quienquiera que hubiera estado escuchando en silencio al otro lado de la línea, acaba de colgar.

Escrito por Quintin de Parma
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