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"Taller de lavadoras" - Cuentos de Verano del Grupo Joly (Entrega 2)

Archivado en Amigos escritores • Fecha: 18-08-2008 15:16:51

Segunda entrega del cuento de Luis Miguel Rufino "Taller de Lavadoras", que se publica en 7 partes entre el 17 y el 23 de agosto en los nueve períodicos del Grupo Joly.

Resumen de lo publicado:Nico es una joven oboísta de carrera que se mantiene con dificultades dando clases particulares y tocando en un club de jazz. Se acaba de mudar de apartamento para preparar a conciencia las pruebas de selección en una orquesta profesional. Si las supera, conseguirá el trabajo fijo que anhela y algo de estabilidad en su vida. Pero cuando le instalan la línea de teléfono fija, el número asignado resulta ser el que antes tenía un conocido taller de lavadoras. El teléfono no deja de sonar y Nico no consigue la concentración necesaria.

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Entrega 2


 

La audición para cubrir las tres vacantes —dos de viola y una de oboe— comienza a las nueve. Hay decenas de candidatos por los alrededores del auditorio donde suele ensayar la Orquesta Sinfónica Nacional y Autonómica de la Región durante la temporada de abono. Ninguno habla, algunos leen partituras meneando una mano en el aire, la mayoría ensaya; los oboístas alternando notas largas, escalas, y trinos; algunos violas aplican resina al pelo de sus arcos. Nico mira la portada de la partitura de la prueba obligatoria: el Concierto para oboe y orquesta en Do mayor de Mozart, una obra emblemática.

Para las audiciones, casi siempre se elige a Mozart, porque en su música es donde más se notan los errores. Cada nota del genio de Salzburgo fue escrita para ser admirada individualmente y debe sonar limpia y transparente. Y no todo el mundo puede hacerlo así. Los que no superen esa primera audición serán despachados a sus respectivos lugares de origen, desde donde han llegado pagándose cada uno sus gastos. Por las pintas, se diría que menos de la mitad son nacionales. Los que superen el listón de Mozart, deberán enfrentarse a una segunda, a elegir de entre varias propuestas de una misma época o estilo. Los que queden, por último, interpretarán “a primera vista” una pieza elegida sobre la marcha por el tribunal. Así se irán eliminando candidatos hasta que quede uno sólo. Algo parecido al Grand National de Aintree, pero cambiando los caballos y los setos por la música.

Una pelirroja con gafas y rizos se mantiene en la postura del loto junto a su mochila, con la caja del instrumento delante, como si ésta fuese un altar. Con los pulgares y los índices forma un cerito y de vez en cuando dice “Om”. Sólo un ruso que huele mucho a alcohol hace bromas en voz alta que nadie atiende. Nico duda si el ruso habla en inglés, en francés o, directamente, en su lengua materna. Es probable que quiera amortiguar la tensión con las risas de sus eventuales compañeros, pero no lo consigue. Al final, frustrado, se sienta en un rincón, estira las piernas, da un nuevo lingotazo a la petaca: Eta tolka chorny chai (“Sólo es té negro”), dice mientras la muestra a un público al que no consigue cautivar.

El ambiente de la prueba, la tensión de los candidatos, las órdenes e instrucciones que imparten a gritos los del departamento de personal de la orquesta, atenazan la garganta de Nico. Sin apretar demasiado. Lo justo para que le cueste hacer circular el aire desde la nariz hasta el diafragma. Y quizás sea hoy el día —de entre todos los días de su vida— en el que necesitaría que ese flujo fuese más natural y relajado. Precisamente hoy.

Los seis miembros del tribunal se sientan en la primera fila de butacas la sala. Son el director titular y varios solistas de la orquesta, músicos experimentados y respetados por sus colegas. Desde ese lugar, sólo ven una inmensa sábana blanca que cubre el escenario de lado a lado. Mientras evalúan la música de cada candidato, ignorarán en todo momento quién la está tocando.

La chica del departamento de personal no llama a nadie por su nombre, sólo canta números. Los aspirantes esperan entre bastidores, en silencio, cada cual masticando su tensión. La instrucción es quitarse los zapatos en el momento de oír su número, atravesar el escenario y quedarse descalzo tras la sábana. Es una manera sencilla de evitar que los miembros del tribunal intuyan el sexo de quien toca. Allí interpretarán la pieza que corresponda. Al final, quedará el mejor… o el que mejor supo o pudo tocar ese día.

—Mil setenta y siete… Uno, cero, siete, siete… Eins, null, sieben, sieben… One, zero, seven, seven…

Nico mira su papeleta. Es su número.

*****

 

Trae la mirada perdida. Los ojos rojos. O ha llorado o va a llorar. Marca un número en el teléfono fijo que reposa en la mesita baja junto al sofá.

—¿Mamá? Soy yo… —y deja de hacer esfuerzos para reprimir el sollozo.

—¿Qué ha pasado con la prueba, hija? Dime… ay, Dios…

—Me han parado en la primera, mami, en la anónima, en la que se hace tras la sábana, en la primera obra, mami, ni siquiera me han dejado terminar lo que…

—Hija mía, qué disgusto…

—… estaba tocando. Era el allegro aperto del concierto de Mozart, el que te gusta, mami, el que empieza tiroriro riro tiro—riro tiroriiiii… Alguien tras la sábana ha tocado una campanilla, la señal para parar, y una voz de mujer con un acento inglés muy fuerte ha dicho: “Gracias, el siguiente”, mami, ¡pero si no han tenido tiempo de oír nada! ¿Tan mal lo he hecho, mami?, casi se me cae el oboe de las manos, de la vergüenza, ni te imaginas… sólo me han dejado tocar unos cuantos compases, mami, después de esperar cuatro horas, mami, es tan bochornoso… ¿cómo me han podido hacer esto? ¿quién será la inglesa de la campanita, mami?

—Bueno, bueno, tranquilízate cariño, ahora conviene que te relajes y te olvides de esa prueba y de cualquier otra cosa que tenga que ver con la música. Deja el oboe una temporada, cariño, de verdad, te conviene, hazme caso, hija mía…

—Mamá, no empieces.

—Oye, ¿por qué no te vienes a casa una temporada? Con nosotros, con tu padre y conmigo, nos vendrá bien a los tres, será como cuando…

—No puedo mamá —al oír el ofrecimiento, Nico recupera la compostura casi de golpe, mientras se sorbe todos los mocos con una sola inspiración—, no puedo irme con vosotros, no puedo abandonar las clases particulares así como así. Son el único ingreso que tengo ¿sabes? y con ese dinero apenas si me da para pagar el alquiler. Lo que saco del club de jazz por las noches me da para la comida y poco más. Esto es así de duro, mami… No puedo abandonar, tengo que seguir. Si no me ha salido este trabajo, otra cosa tendrá que ser. Doce años de conservatorio, más todos los demás en Karlsruhe y por ahí, no se pueden echar a la basura así como así… Tengo que encontrar un trabajo que me dé para vivir decentemente, mami, creo que después de todo lo hecho, merezco vivir de otra forma, tengo veintiocho años y no puedo seguir así, mami…

Escrito por Quintin de Parma
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