"... La gloria deportiva olímpica, en general, es efímera y no paga buenos réditos..."

Son ya muchos los días —en concreto once— en los que nos dejamos atiborrar de deportes. En la calle, en los medios, en la oficina y en la casa de uno; deportes de los que nos gustan y de los otros. Nos tragamos clasificatorias, semifinales y finales; miramos cómo las medallas acaban colgando sobre los pechos de los que se las merecen y, además, han tenido suerte; escuchamos trocitos de himnos que nunca repentizaremos y opinamos que si ya regalan una medalla, se podrían ahorrar el ramito de flores, que suele recibirse entre el desdén y la indiferencia. Entre prueba y prueba oímos las opiniones de deportistas, periodistas y políticos que pasaban por allí y tratamos de asimilar sus sesudos análisis mezclados con estadística refinada.
Pero todo sirve. Durante unas semanas, los no demasiado aficionados se dan una manita de cultura deportiva que nunca está de más y que ayuda a no quedarse fuera de las tertulias ante la máquina del café. Tampoco hay que desdeñar la utilidad de esta cultureta del sudor y la prisa a la hora de dar los primeros lances galantes ante un desconocido o desconocida.
Por su parte, los muy aficionados se atoran la sesera con nombres, minutajes, alturas, longitudes, puntuaciones y registros; récords nacionales, mundiales y olímpicos, femeninos y de los otros; imágenes detenidas como flashes, indelebles ya en la memoria. Y así gozan muchísimo.
Y por fin, aquellos a los que no le interesa el deporte, hacen lo de siempre, es decir, ni pitocaso, que para eso esto es una democracia, hay libros que leer, novios a los que pasear, abundancia de canales de TV y hasta cines. Ya no es menester ir a aplaudir a ningún estadio a cambio de un bocadillo (¿o era que sí?)
Pero al final, salvo que el triunfo de alguien se salga de madre por algo —el caso de Phelps, con 8 oros olímpicos en esta cita más otros 6 en la anterior— todo se nos va a olvidar en pocos días. En la memoria general sólo queda lo más preponderante: el vuelo de Bob Beamon, la espalda de Fosbury, la sensación de irrealidad al ver a Carl Lewis en movimiento o respirar aliviado recordando que el guineano Moussambani no se ahogó en la piscina olímpica. Poco más.
El resto se nos olvida. La gloria deportiva olímpica, en general, es efímera y no paga buenos réditos. Ni económicos ni sociales, como antes era el caso tras el Telón de Acero. El esfuerzo de años de trabajo se traduce en poco para casi todos. El gran reconocimiento se lo llevan cuatro y tampoco les dura tanto. Incluyendo las pruebas más populares, como los 100 metros lisos. ¿Quién recordará en Navidad el nombre del jamaicano que la acaba de ganar?
Todos volverán a sus ciudades y tratarán de encontrar un trabajo y una casa en la que vivir cuando el cuerpo deje de rendirles tan extraordinariamente. La mayoría recordará siempre con placer el mero hecho de haber estado allí. Lo peor será para los chinos, que han comprometido su orgullo patrio con el éxito de este desborde atlético. Sólo les vale el triunfo, un segundo puesto es un fracaso. Lo dejaba bien claro un dirigente deportivo chino que arengaba —o presionaba— a sus deportistas: “Diez mil medallas de plata no valen lo que una de oro”. Y así les va.