Resumen de lo publicado:
Nico es una joven oboísta de carrera que, tras prepararse a conciencia las pruebas para entrar en una orquesta profesional, es eliminada en el primer examen. Sus únicos ingresos provienen de unas clases particulares que se cortan durante el verano y de sus actuaciones en un club de jazz. Una noche, el dueño del club despide al grupo en el que toca. Nico se queda sin ingresos de ningún tipo. De madrugada, a la salida del club, atravesado un parque, rememora de dónde vienen su individualismo y su incapacidad para tomar decisiones.

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El teléfono lleva un rato sin sonar. A Nico le parece mentira. Sin pensar lo que hace, como si su mano la moviera otro, agarra las Páginas Amarillas y empieza a pasar hojas, primero una a una, después a golpes. Se va a la ele. “Lavadoras” como epígrafe no aparece. El tocho salta de “Lámparas” a “Leche y productos lácteos”. Piensa. A ver si viene como “Electrodomésticos”. Está delante de la 511 y tiene que desplazarse hasta la 345. Pasa las páginas por montones, a puñados. Hay pocas cosas tan complicadas e ingratas como orientarse en una guía de teléfonos. Aquí está. La sección empieza por “Electrodomésticos: establecimientos”. En la 357 aparece “Electrodomésticos: reparación”. Ahí es. Hay recuadros con marcas, muchos nombres, algunos propios, otros son tiendas o empresas, quién sabe. Examina varias hojas despacio, quiere cerciorarse de que está en el lugar correcto de aquel tarugo de papel. Levanta la vista al techo, cierra los ojos, pasa la yema del dedo índice sobre la página, en diagonal, hacia abajo, hasta que la detiene en un punto. “Ah, el azar”, se dice sonriendo. Levanta el dedo, lee el número que hay bajo él y lo marca. Alguien contesta al segundo timbrazo.
—Reparaciones Relaño, dígame…
La oboísta se queda muda durante unos segundos. El hombre repite:
— ¿Oiga? ¿Me oye? Reparaciones Relaño, dígame…
—Sí, buenas tardes, esto… que mire usted, que yo quería saber cuánto me cobrarían por arreglarme la lavadora.
—Eso depende de la marca y de la avería que tenga, señora…
Nico odia que los dependientes o las telefonistas la llamen señora. No acepta ese genérico que antes sólo le casaba con la imagen de su madre, peinada con laca, con falda bajo la rodilla y tacón bajo. Todo el mundo parece opinar que ahora también le encaja a ella. Hasta la voz se le ha hecho mayor.
—No sé lo que tiene… que no anda, supongo —miente Nico—, que no se le encienden las luces… ¿la marca?... esto... Funken.
—Ya. Mire usted señora, todo lo que yo puedo hacer es enviarle un técnico a su casa, que vea qué es lo que le pasa al aparato y que le dé un presupuesto. De cualquier manera, tiene usted que saber que acepte o no acepte nuestra intervención, deberá abonar los gastos de desplazamiento y el diagnóstico que le haga el técnico. El mínimo estipulado son sesenta.
— ¿Sesenta qué?
—Euros, señora, sesenta euros más el IVA, claro, para entendernos, sesenta y nueve con sesenta en total, o sea, redondeando, setenta euros, señora, porque los técnicos suelen ir fatal de cambio.
La oboísta está estupefacta y tarda un rato en procesar la información. Aquello es un dineral. Qué horror, setenta euros por una visita, sólo por mirar y hablar, no por arreglar una lavadora estropeada, sólo por mirar y hablar… Por fin contesta.
—Muchas gracias, me lo pensaré —Nico cuelga.
Al rato se da cuenta de que está ensimismada mirando cómo se frotan esas dos manos que están sobre su regazo, sin ser consciente de que las dos son suyas.
*****
Una tarde, justo cuando se acaba de sentar a estudiar su parte en el concierto de violín de Brahms, una pieza especialmente difícil, vuelve a sonar el teléfono.
—Dígame —Nico trata de no perder la calma.
— ¿Es ahí donde arreglan lavadoras? —pregunta una voz algo nasal.
—Sí, ¿qué le ocurre a la suya?
La oboísta sonríe sorprendida de sí misma. Sin pensarlo, acaba de abrir una puerta y no sabe qué se encontrará tras ella.
Desde pequeña, Nico nunca se ha arriesgado. Todo en su vida ha estado previsto por sus padres y las situaciones de riesgo, simplemente, se evitaban o se obviaban. Ellos siempre habían tenido obsesión con la seguridad, y por tanto, se confortaban en las normas, los procedimientos y los protocolos. Así, cualquier acto en sus vidas se realizaba despojado del más mínimo atisbo de naturalidad que pudiese caberle. Y Nico aprendió a imitarles desde muy joven. Sin embargo, y por aquello de experimentar el riesgo sin correrlo, la oboísta, a veces, se dejaba caer por el abismo que le suponía pensar, simplemente imaginar, la peripecia vital de algunos conocidos que trabajaban en la orquesta, como los que se escaparon de la Unión Soviética, o de otros países tras el Telón de Acero, si no jugándose la vida, sí poniendo en riesgo su libertad, viniendo a un país extraño y lejano, dejando atrás a mucha gente, muchos sitios, su vida. Cuando por alguna circunstancia tenía que relacionarse con ellos, a esos músicos siempre los trataba con una especial deferencia y admiración. Qué valentía. Nada que ver con su vida.
—Verá, es que se ha parado. No se le encienden las luces. Cuando giro el botón de los programas, hace un ruido como tacatá y…
—Ir a hacerle un diagnóstico de la avería le costará… —Nico duda. La cantidad que le pidieron por ese trabajo los de Reparaciones Relaño le pareció abusiva y disparatada— sesen… digo, cincuenta euros… más el IVA, claro… por ir a su casa… un técnico de nuestra empresa, digo, con sus herramientas y todo, claro… con un coche y eso… que le enviemos un técnico a su casa cuesta cincuenta euros, señora, eso es lo que quiero decir.
—Sí, no hay problema, por favor, vengan cuanto antes… yo es que no puedo estar sin lavadora ¿sabe usted?, tengo a mis dos nietos aquí todo el día porque la madre trabaja, mucho, la madre trabaja mucho, no se puede imaginar usted lo que ensucian estos niños, y luego está mi marido, ese es el peor porque —Nico se mantiene en silencio sin saber cómo terminar lo que ha empezado—… ¿Oiga? ¿Está usted ahí? —pregunta la dueña de la lavadora que hace tacatá.
—Sí, claro, espere un momento que tomo nota… —coge un lápiz de uno de los compartimentos de la funda del oboe, el que usa para hacer anotaciones en las partituras— dígame su dirección.
—Calle Virgen del Reproche número 25… bloque dos, escalera ce… segundo efe… ¿lo ha cogido?
—Sí, sí, claro ¿su nombre y su teléfono? —Nico se siente cada vez más cómoda en el papel que acaba de adoptar.
—Henar Gadín Cacao… y el móvil… a ver si lo digo bien… 682.310.268.
—Bien señora Gadín, un técnico de nuestra empresa estará mañana a las once en su casa. Muchas gracias por llamar. Adiós.
Clic.