"...En el coche tenemos opciones, en el avión no. Caer desde la altura a enorme velocidad es incompatible con la vida. Por eso los accidentes aéreos suelen arrojar el mismo saldo: ningún herido."

Erika Jong es la autora de “Miedo a volar” (1973), un libro que cayó en mis manos a finales de los setenta, en edición del Círculo de Lectores, cuando uno leía mayormente lo que había por las estanterías de la casa o lo que prestaban los amigos, mucho más que lo que compraba. No recuerdo bien la trama, han pasado demasiados años para retener los detalles de un best seller (20 millones de copias) traducido del inglés, muy lejos de cualquier estética literaria digna de interés y salido de la mente de una autora desconocida. Sin embargo, aquel libro dio a conocer a Jong en todo el mundo y fue un escándalo, sobre todo, para la pacata sociedad norteamericana.
La razón fue la falta de pudor de la autora al hablar de la sexualidad femenina en primera persona, contándonos lo que la atenazaba, así como los detalles de su búsqueda y los diferentes experimentos que realizó para librarse de sus miedos. En concreto, Jong propugnaba no dejar las fantasías encerradas en la mente, sino hacerlas realidad. La suya era el encuentro con un desconocido (que debía continuar siendo un ser anónimo tras el lance) del que se excluía cualquier tipo de compromiso emocional. De paso, para que el ejercicio fuese aún más descarnado, la autora metía en la trama a su marido, a sus hermanas y a su cuñado, entrando en detalles, algunos de los cuales no tan gloriosos como para ser difundidos. Jong ganó fama y contante, pero perdió el aprecio de algún pariente, lo cual, a veces, no es mala transacción.
Parece que el título del libro tiene poco que ver con el argumento, pero no es así. “Miedo a volar” se adentra en todos los miedos que pueden habitar dentro de una mujer, de los cuales, el primero que aparece en la novela es precisamente ese, el miedo a montarse en un avión, ese miedo que invade a tanta gente y no sólo a las mujeres. (Si pudiéramos embotellarlo, el sudor producido por las palmas de mis manos en todos los vuelos que he hecho llenaría centenares de botella de a litro).
La estadística demuestra que el avión es el medio de transporte más seguro, pero a la mayoría no nos consuela la rigurosidad de los datos científicos. La afirmación se fundamenta en dividir el número de pasajeros muertos en accidentes de aviación por el número total de pasajeros transportados en el mismo periodo. El porcentaje sale infinitamente más bajo que el que nos da el coche (la carretera). El único medio de transporte que supera en seguridad al avión es el ascensor.
Pero cuando no encontramos alivio en un ratio contundente es porque sabemos que no tiene en cuenta algún detalle. Habrá pocos accidentes aéreos, puede que sí, pero sabemos que cuando hay uno, es difícil encontrar supervivientes, lo cual añade un factor de certidumbre fatal. En el coche tenemos opciones, en el avión no. Caer desde la altura a enorme velocidad es incompatible con la vida. Por eso los accidentes aéreos suelen arrojar el mismo saldo: ningún herido. A pesar de la tragedia de ayer en Madrid, hay que congratularse de que haya habido supervivientes. Qué enorme regalo del destino: una segunda oportunidad para, como propugnaba Erika Jong, continuar investigando en sus miedos y, si siguen teniendo suerte, para vencerlos.