Resumen de lo publicado: Nico es una oboísta sin trabajo que viene sufriendo diferentes contratiempos vitales, entre ellos, haber sido rechazada en las audiciones para una orquesta profesional. Tras años de conservatorio y estudio, no se resigna a volver fracasada a casa de sus padres. Pero las circunstancias negativas a las que se enfrenta hacen que su carácter retraído y la educación conservadora que recibió desaparezcan de repente. En concreto, ayer se quedó con los carísimos zapatos de marca de una mujer que fue arrollada por un coche delante de sus narices.

Cuelga el teléfono y lee la nota recién escrita en voz alta: “Henar Gadín Cacao… 682.310.268”. Se sonríe mirando el cerco negro que dejó la colilla sobre la alfombra roja de Fez. De la estantería coge un plano de la ciudad y pasa el índice por encima del trayecto hasta casa de la señora Gadín. Conviene tomar el 19, bajarse en la plaza de los Altruistas Masacrados y allí trasbordar al 34, hasta donde Seminaristas del Tercer Mundo cruza con el paseo de la Mercadotecnia Digital. No serán más de cuarenta minutos andando. Está nerviosa. Va a su habitación y, por el camino, se va quitando la poca ropa que lleva encima, una bata abotonada por delante, especialmente cómoda para ensayar en verano. Avienta las chanclas dando patadas al aire. Mira dentro del armario intentando casar las existencias de ropa de una músico profesional sin trabajo estable, casi en la indigencia, con el vestuario que ella supone debe de ser el habitual en un mecánico de lavadoras. Se coloca unos vaqueros, una camisa de cuadros que le quitó a su hermano y unas zapatillas deportivas blancas recién lavadas. Busca un lápiz de ojos en el armarito del cuarto de baño. Con él se pinta una raya negra bajo cada una de sus diez uñas de oboísta de carrera. Nico se las mira satisfecha: sus delicadas manos son ahora similares a las de cualquier currela, o lo que ella piensa que debe de ser la apariencia de un mecánico de lavadoras. Nunca ha visto a ninguno.
De la bolsa del gimnasio saca una gorra de propaganda de color blanco en la que, en caracteres azules, se lee “Pinturas Pintado - Precio y Calidad”. Lo de “Precio y Calidad” le suena bien a Nico, muy del mundo de la empresa, apropiado y convincente a la hora de transmutarse en mecánico de lavadoras y sumergirse en el mundo del comercio, con sus luchas de precios y su siempre mejorable atención al cliente, a los que tiene entendido, hay que mimar para evitar que huyan a refugiarse en los brazos de la competencia.
Sale al descansillo de la escalera y llama en la casa de enfrente, en el be. Don Ubaldo es un jubilado simpático que siempre que la ve le dice eso de “Niña, si necesitas algo, no tienes más que llamar a mi timbre…”, guiñando el ojo derecho a la vez que dice la palabra “algo”. A Nico le dio asco la primera vez que se lo dijo. La tercera le dio pena. Hoy es el momento de tomarle la palabra.
—Buenas tardes, don Ubaldo, usted me dijo que…
—¡Qué alegría! —la interrumpe el viejo, agradablemente sorprendido— pasa, pasa, bonita.
—No, muchas gracias, estoy fatal de tiempo. Que le decía, que como usted me dijo que si un día necesitaba algo que recurriera a usted… pues eso, que hoy necesito algo y…
—Dime qué necesitas, muñeca, que estás cada día más…
—Necesito una caja de herramientas —Nico lo interrumpe en seco, cada vez más segura de lo que se propone.
—¿Herramientas? Déjame pensar, princesa… —el viejo se rasca la barbilla con el dedo corazón— ah, sí… pero pasa, pasa, creo que tengo algo por aquí.
*****
Nico pulsa en el telefonillo del bloque dos, escalera ce, segundo efe, plantada en la acera de la calle Virgen del Reproche, frente al número 25.
—¿Sí?
—¿Señora Gadín? —pregunta tras aclararse la voz con dos golpecillos de tos— soy la técnico de la lavadora, usted…
—¡Uy, qué graciosa, una chica! Pasa, pasa, tesoro, que te abro.
El timbre abre la cancela de entrada de la finca con una especie de rugido. El ascensor huele a ambientador. Hay seis puertas en la segunda planta. Nico suda cuando espera que la señora Gadín Cacao le abra la que tiene una placa dorada con una efe.
La puerta de su casa, el sitio donde ella vive, la que da acceso al refugio de aquella mujer, donde guarda todo lo que posee, donde sus vivencias impregnan la tela de las cortinas y sus secretos flotan indolentes en el aire, pasando de habitación en habitación, distraídos, sin rozarse ni interferir con otros recuerdos más comprometidos que también pululan por el aire que se remansa entre las paredes. Doña Henar la hace pasar al salón, donde se desgastan sus muebles heredados, de madera noble, broncos, tallados en estilo remordimiento; el retrato del hijo en la mili con los galones de cabo que ella le cosió en el frente de la gorra; la foto de estudio de la boda de la hija, donde ni la niña ni aquel sinvergüenza parecen muy convencidos de lo que acababan de perpetrar; la placa de alpaca con la que los vecinos agradecieron los servicios que su marido prestó como presidente de la comunidad. Su vida entera está allí dentro. Nico sabe que está a punto de violar la intimidad de aquella mujer inocente. Se siente muy incómoda, no puede evitarlo, nunca ha transgredido de esta manera. Está a punto de salir corriendo, pero en el último momento, conjura la tensión interna con una sonrisa cuando oye a doña Henar:
—Pasa a la cocina, hija… esta es, mírala, ¿ves? si le toco aquí debería empezar a sonar cómo entra el agua, y ¿ves?... nada, ¿ves?
—Entiendo —dice Nico fingiendo gravedad— déjeme a solas con ella. Analizaré la situación y le daré una opinión tras realizar las observaciones y pruebas pertinentes.
La oboísta no termina de aclararse con el tipo de vocabulario que, supone ella, deben de usar los mecánicos de lavadoras, pero prefiere pasarse antes que quedarse corta.
Se agacha y abre la puerta de carga de la máquina. Hace girar el bombo con la mano. Tacatá. La señora no mentía. Aprieta todos los botones del frontal, uno a uno, de derecha a izquierda, luego desaprieta los que, incomprensiblemente, se quedan hundidos. Gira la rueda de los programas en el sentido de las manecillas del reloj. Entorna los ojos hasta dejarlos en la posición de escuchar con atención. Intenta girarla ahora hacia la izquierda. Por ahí no. Se levanta y mira detrás de la lavadora. Se sorprende al ver que está conectada a un grifo que sale de la pared. Acaba de comprender por dónde entra el agua que sirve para lavar la ropa. “Lógico”, dice para sí. Por fin, como no se le ocurre qué más podría hacer, se vuelve.
—¿Señora Gadín?
—Sí, dime hija, dime… —la mujer entra en la cocina sonriendo, secándose las manos en el delantal, presintiendo que sus problemas, por fin, están a punto de terminar.
—La avería es grave.