ÚLTIMA ENTREGA. Resumen de lo publicado: Nico es una oboísta sin trabajo que acaba de suspender en las pruebas para entrar en una orquesta profesional, entre otras causas, porque a su teléfono no dejan de llamar preguntando por un taller de lavadoras. Ante la negrura de su futuro, atiende una de esas llamadas en las que le piden un técnico. Con una caja de herramientas y vestida como cree que lo haría un reparador a domicilio, llega a casa de la señora que pidió el servicio. Se debate entre el remordimiento por el fraude que va a cometer o la necesidad de dinero que la acucia.

—La avería es grave —dice mientras con dos dedos se quita un hilo de la manga— sólo en piezas, grosso modo, deben de ser unos cuatrocientos euros, más la mano de obra, el transporte, tasas, aranceles y otros cánones aplicables —Nico se adorna en el discurso— todo junto… setecientos euros… aunque eso es sólo una primera estimación, ya le digo, luego llegan los del departamento de Administración, que son los que entienden de números y siempre sacan algo más… La oboísta se mantiene vuelta hacia la lavadora y cabecea, se diría que le riñe al aparato: “Cómo has podido ser capaz de hacerle esto a esta buena mujer…” No se atreve a encontrarse con los ojos de doña Henar y mira al techo como si calculara.
—¿Cu-cuánto? —la señora Gadín Cacao se deja caer sobre el bombo de mimbre de la ropa sucia, sentada, los brazos hacia abajo, laxos, paralelos a los muslos. Un vahído— Dios mío, cuánto dinero… pero si sólo hacía tacatá… si parecía…
Como si fuera la leona de los documentales de La 2, que aunque ya tiene el gaznate del antílope entre sus fauces, da un latigazo en el aire con el cuerpo de su víctima en un intento de desnucarla, Nico añade:
—Eso sin contar con que en esta época del año estamos saturados y cuando nos llevamos una máquina a nuestras instalaciones, se suele quedar allí unos cuarenta días… tenemos mucho trabajo, por fortuna, pero no podemos cargarnos de personal, una persona en nómina sale muy cara, ya sabe usted, los dueños buscan maximizar el beneficio, y claro, eso acaba incidiendo, a veces, negativamente en la satisfacción del cliente, en la suya, me vengo a referir… pero son las políticas de los de arriba —Nico señala al techo con el dedo y entorna los ojos.
La oboísta se sigue sorprendiendo a sí misma. No se puede creer que haya sido capaz de darle esa última vuelta de tuerca al ánimo de doña Henar. Siente pena por la mujer, pero no se siente mal. Le gusta lo que está haciendo. Se le ha pasado la incomodidad. No se conoce actuando con esa frialdad. La mira como los toreros observan a su toro caído en tablas, a la espera de que la media estocada cumpla su función y extraiga la última gota de aire de los pulmones del animal.
—En fin, si es como usted dice, señorita —súbitamente, doña Henar cesa en el tuteo, como si hablar de dinero la hubiera distanciado—, parece más razonable comprar una nueva que arreglar esta, aunque sólo tenga tres años… ¿qué le parece a usted?
—Bueno, usted lo mira desde un prisma muy concreto… —Henar Gadín escucha a Nico con la boca abierta, como si oyera el oráculo de una pitonisa, esperando que ella, por fin, le dé una buena noticia que amortigüe su angustia como lavandera— y yo, como profesional, debo ser fría e imparcial, como una neurocirujana, no debo dejarme arrastrar por los sentimientos. El mundo de los electrodomésticos es así, complejo… despiadado, sólo sobreviven los más fuertes… pero no, no dice usted ninguna tontería, doña Henar, no, ya sabe, las multinacionales y todo eso, la estrategia de las grandes empresas en cuyas manos estamos, nosotros, inocentes ciudadanos. Esas enormes firmas dirigidas por gente sin alma que condicionan nuestra vida, con disimulo, taimadamente, que fabrican aparatos preparados para durar poco, diseñados para que tengamos que reemplazarlos pasados pocos años y ellos puedan seguir vendiéndonos otros productos, más productos, obteniendo más plusvalías, moviendo la indigna rueda del capital, ya sabe, algo que conoce todo el mundo… La oboísta guiña un ojo como diciendo “y a usted, que es una persona de mundo ¿qué le voy a contar yo?”.
—¿Hacen eso las empresas multinacionales? ¿Fabrican cosas para que se rompan pronto y haya que comprar otras iguales? —doña Henar parece sinceramente sorprendida, desarbolada por la noticia— Señor, Señor…
—El capitalismo más salvaje, el que nunca se sacia y devora a sus propios hijos, a los mismos que ayudan a fomentarlo, señora Gadín.
— ¿Yo fomento eso? ¿Quién me va a devorar?
—Todos, señora, todos lo hacemos sin darnos cuenta… Pero ahora —Nico cambia de una actitud paternalista informada a otra más fría— tenemos que tomar una decisión. ¿Quiere usted que llame para que vengan a llevarse la máquina?, ya le digo, serán unos setecientos euros y se la devolveremos en unos cuarenta días…
—¡Dios mío! —doña Henar se vuelve a privar sobre el bombo de mimbre— ¡yo no puedo estar sin lavadora tanto tiempo! Compraré una nueva. Decidido.
—Bien, en cualquier caso, y como se le advirtió por teléfono, usted debe pagar mi visita y el diagnóstico.
—Por supuesto, no hay problema.
—Son cincuenta euros, y no le hago factura para que así usted se ahorre el IVA. Es un pequeño detalle que tenemos con algunos clientes, cuando vemos claramente que la rueda del capitalismo chupacabras les ha pasado por encima sin piedad, sorprendiéndoles en su buena fe.
—Gracias señorita, espere aquí que voy a por el monedero.
Nico mira a su alrededor y vuelve a ver, seguro que por última vez, todo aquello que hace que la vida de la señora Gadín sea única, parecida a todas las demás vidas, pero diferente, a pesar de no distinguirse mucho en apariencia, de no tener nada de especial. Son los detalles los que harían que doña Henar no se sintiera cómoda en otra cocina parecida y sí lo esté en esta, concretamente en esta: los productos de desayuno ordenados en la estantería, las bayetas sobre el fregadero, el cubo con la fregona de guardia en un rincón, el reloj de pared con la propaganda de una marca de sopas de sobre, la nevera repleta de fotos de niños con cara de ser nietos de alguien y papeles que no caen al vacío gracias al electromagnetismo escondido detrás de las chapas con las caras de Raúl el del Madrid, Shin—Chan y Wilma Picapiedra. En menos de un minuto, doña Henar vuelve y le entrega el billete marrón.
—Gracias señora Gadín, espero que la decisión de comprar una nueva lavadora le reporte muchas satisfacciones y le haga olvidar pronto este mal rato. Hasta otra.
—Adiós cariño, adiós, menos mal que has aparecido tú —doña Henar vuelve al tuteo sin avisar, quizás liberada con el pago—. No sé qué hubiese hecho sin tu ayuda, hay veces que el Señor nos bendice enviándonos gente así. Como tú.