"... los olímpicos están poco hechos a hablar en público, aunque sin excepción, les ponen una alcachofa ante la boca tras cada actuación..."
Han sido dos semanas a vueltas con los Juegos, viéndole casi todo al deporte, aunque por suerte o por desgracia, esta hartera sólo ocurre cada cuatro años. Y digo así porque imagínense lo que sería, salvando las distancias, una olimpiada taurina: levantándonos a las 8 para ver el encierro —modalidad San Fermín—, en el que el mocerío internacional corriera ante bravos y cabestros. A las 12, conexión para ver la de rejones y, todo seguido, los forçados al estilo portugués, en fila de a uno para detener al morlaco a golpe de tórax. Durante la siesta, quizás se dieran las series clasificatorias de Bombero Torero, para terminar por la tarde-noche, cuando conectan los americanos y la audiencia sube, con los matadores a pie, el plato fuerte, la suerte por antonomasia.
O ya puestos, una olimpiada teatral que durase quince días seguidos, con La 2 dedicada en exclusiva a retransmitir funciones: desde el María Guerrero, una versión moldava de “Esperando a Godot”; a continuación, en conexión con el Romea de Barcelona, “Yo me bajo en la próxima ¿y usted?” y para terminar, en los telediarios de la noche, los trocitos más floridos del día, como cuando Max Estrella reitera eso de “cráneo previlegiado” o Julieta llora angustiada por su primo Teobaldo, recién estoqueado por el noviete.
Y así quince días. Ni el más aficionado al drama ni el taurino más picao lo aguantaría. El caso es que salvo los más famosos, los olímpicos están poco hechos a hablar en público, aunque sin excepción, les ponen una alcachofa ante la boca tras cada actuación. Y suelen dar juego en eso de componer frases más o menos redondas. Gracias a la web de El Mundo hemos podido conocer algunas de ellas. Frases dichas en el calor de la competición, algunas llenas de sabor, todas dejando entrever la desilusión de almas cándidas que lo empeñaron todo durante 4 años para triunfar en la gran cita y, llegado el momento, fallaron porque la suerte o la concentración los esquivó.
Así hablaba el boxeador colombiano Darleys Pérez, recién eliminado por un ruso: "Lo destrocé con mis golpes, pero los jueces no lo vieron". Y qué decir de la cachaza de Juan Oliver, el entrenador brasileño de balonmano: "Tenemos que trabajar en los detalles; por ejemplo, no tener miedo a ganar". O lo que confesó José Pedraza, púgil puertorriqueño, tras perder con un francés: "Tenía un plan A, un plan B y un plan C, pero ninguno me funcionó". Y la sinceridad de nuestro especialista, Juan Carlos Higuero, tras perder en los 1.500: "Hombre, que te gane un blanco nunca te gusta". Pero el más fresco de todos quizás fuese Ronaldo Veitía, entrenador de judo cubano tras ver cómo su pupila perdía ante una súbdita del país organizador: "Estos chinos son todos unos hijos de puta".
Hay frases que pasarán a la historia y estas, tan olímpicas ellas, aún estando bien, no tienen la potencia de las escritas o pronunciadas por maestros, por mentes inspiradas, como aquella legendaria, dicha por Manuel Manquiña, con acento gallego, en la película Airbag: “El conceto es el conceto”. Por desgracia, esa escena es una joya casi desconocida para el gran público, de la que sólo disfrutan los más sibaritas estudiosos del Séptimo Arte en reuniones tan selectas como semiclandestinas.
Shindazaz — 27-08-2008 19:52:54
Caroline de Beauregard — 29-08-2008 12:41:47