Prometí crónica viajera. Siempre me propongo hacer algo así como un cuaderno de bitácora después de un voltio por ahí, pero luego cuando vuelvo todo queda en declaración de intenciones. Sin embargo, del viaje a Croacia/Bosnia-H he hecho un pequeño resumen. Lo he dividido en dos partes por si resulta demasiado largo. Así que ahí va, con fotos.
Una interpretación de los Balcanes. Croacia y Bosnia-Herzegovina I
Cuando viajo, intento llevar hechos “los deberes”. O, lo que es lo mismo, procuro en lo posible, documentarme sobre la geografía, la historia, y, sobre todo, la gente y costumbres de la zona. Es la única forma de intentar comprender las claves de lo que voy a visitar –conocer requeriría mucho más tiempo- y disfrutarlo.
En el caso de mi reciente viaje a los Balcanes, concretamente a Croacia y Bosnia-Herzegovina, la cosa pintaba difícil. El paso de tantos pueblos: ávaros, griegos y romanos, ostrogodos, la influencia veneciana, turcos otomanos, austriacos, las tropas napoleónicas, italianos, el ciclón de dos guerras mundiales y la tragedia de la más reciente, todos, han dejado su impronta a lo largo de su historia y también cicatrices, y les han conformado el carácter, para lo bueno y para lo malo. A pesar de todo, creí estar preparada para desentrañar un rompecabezas que aún hoy es noticia en los informativos.
Para empezar, diré que la costa croata es extraordinaria. La intensa luz del Adriático determina un perfil sinuoso y verde que contrasta con la claridad y la tonalidad de las orillas, donde el agua adquiere tonos y transparencia asombrosos. Mil quinientas islas se esparcen a lo largo del litoral, surcado de cientos de barcos de recreo moteándolo del blanco impecable de las velas. Sin contar con la frondosidad de parques naturales envidiables. Plitvice es uno de ellos, del que los croatas se muestran orgullosos y al que cuidan y respetan con esmero. Está además, el legado histórico. En sus ciudades del interior y en la misma costa, los vestigios arquitectónicos son múltiples: Opatija, pequeña ciudad costera con palacetes decadentes de fachadas modernistas, frente a las que a principios del s.XX paseaban sus sombrillas las damas vienesas, hoy convertidos en hoteles desde cuyos balcones cuelgan las multicolores toallas playeras de los turistas. Rovinij, magnífico mirador sobre el Adriático, Pula, con el perímetro de su anfiteatro romano, espléndido. Zadar, con su foro romano, Split, en la Dalmacia, donde el que fuera inmenso palacio de Diocleciano alberga una ciudad medieval, habitada y viva como entonces. Trogir y Sibenik con catedrales de piedra blanquísima de fachadas escoltadas por leones románicos esculpidos con maestría inigualable. Ciudades pequeñas, pero de ostentosa grandeza antigua, declaradas en su mayoría Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y, la joya: Dubrovnik. Las murallas de esta pequeña ciudad, antigua república medieval, y en su interior el casco viejo, son incomparables, como lo es su estado de conservación, tras ser minuciosamente restaurados después de los daños sufridos durante la guerra en la década de los noventa.
Y en ese marco, gente joven, mucha gente joven. Increíblemente altos los chicos y las chicas, rubios y esbeltos. Multitud de parejas y familias jóvenes con un inglés más que aceptable, quienes, teniendo en cuenta la dificultad que supone para el foráneo su lengua eslava, se esfuerzan por atender amablemente cualquier consulta. Al fin y al cabo el turismo es (si no el primero) una de sus principales fuentes de ingreso. No me olvidaré de su gastronomía, variada en pescados frutas y verduras, que se autoabastece, carente todavía de grandes superficies y franquicias. Habrá que estar atentos a la entrada de este país en la Unión Europea; su pujanza se lo va a poner complicado al resto de la soleada Europa sureña.
Pude observar evidentes signos nacionalistas, sin duda. Banderas croatas sembradas estratégicamente en zonas de población serbia (con casas semidestruidas y vacías) e incluso carteles a todo color en las carreteras, con el busto militarizado de un reconocido genocida croata, hoy a disposición del Tribunal de la Haya, rotulado con un autoexplicativo “Heroj”. Así aparecía el fulano, incluso en escaparates de algunas tiendas, a modo de santo. Oí también algún comentario sesgado por parte de una guía local. La guerra que no cesa. O sus secuelas, que vienen a ser casi lo mismo.
teresa — 10-11-2008 15:28:38