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Una interpretación de los Balcanes - Por Mª Fernanda Trujillo (2 de 2)

Archivado en General • Fecha: 15-09-2008 00:26:02

Prometí crónica viajera. Siempre me propongo hacer algo así como un cuaderno de bitácora después de un voltio por ahí, pero luego cuando vuelvo todo queda en declaración de intenciones. Sin embargo, del viaje a Croacia/Bosnia-H he hecho un pequeño resumen. Lo he dividido en dos partes por si resulta demasiado largo. Así que ahí va, con fotos.

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Una interpretación de los Balcanes. Croacia y Bosnia-Herzegovina II

 

La entrada a Bosnia-Herzegovina desde Croacia supuso el cruce de la cordillera balcánica siguiendo el curso del río Neretva, donde la naturaleza se ofrece con especial exhuberancia. El paso de la frontera, a pesar de nuestra condición de turistas, se hizo lento y trabajoso. Con tintes de reivindicación de territorio, me atrevería a decir. Con desconfianza a todo lo que provenga de la nación vecina. Es de notar cómo, en el mismo territorio bosnio, en algunas localidades de población mayoritariamente croata, ondean banderas de este signo en un descarado alardear de identidad. Por poner un ejemplo, sería como si la bandera francesa ondulara a sus anchas en tierras de Castilla-León porque sus pobladores son de ascendencia francesa. Curioso.

El macizo montañoso, decía, espectacular. No así las carreteras, lo que no hace desmerecer al paisaje. El río adquiere en todo su curso una coloración tornasolada de verdes y azules indescriptibles. Confieso que no pude dejar de pensar en los que reposarían para siempre en esas aguas, discreta e improvisada sepultura en tiempos de guerras mundiales y locales. Antes de nuestro destino inmediato, Sarajevo, las colinas aparecían salpicadas de pequeños cementerios escalonados, ya musulmanes, ya ortodoxos o católicos, con un estilo propio, según el credo de los que descansaran en ellas.

Y Sarajevo. El barrio turco con sus minaretes. Una estética a la que no estamos acostumbrados el resto de los europeos. La huella de la invasión otomana durante cinco siglos. Calles estrechas y sinuosas en un zoco único impregnado de olores y mercaderías expuestas con una sensualidad abrumadora. Mezquitas e iglesias de fachadas neoclásicas combinadas con ortodoxas de corte bizantino, en una amalgama singular, muestran el estilo, doctrina y costumbres de sus etnias a las que no queda sino el empeño de convivir y entenderse. Dos monumentos me estremecieron profundamente: la Biblioteca Nacional (o lo que queda de ella) erigida a principios del s. XX  por los austriacos, al estilo orientalizante, capricho de una corte deslumbrada por lo exótico, y el Puente Latino. La Biblioteca Nacional fue masacrada selectivamente un 26 de agosto de 1992 por orden expresa del invasor serbio. A pesar de los esfuerzos de la población local de salvar incunables de todos los credos, códices medievales y obras universales de incalculable valor, éstos ardieron casi en su totalidad, ante la mirada impasible de las fuerzas de pacificación que nada pudieron o supieron hacer por evitarlo. Un genocidio cultural irreparable. El puente Latino, sobre el Neretva da fe del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria (hay una placa conmemorativa muy cerca), detonante de la Primera Guerra Mundial. Circulamos por la tristemente recordada “avenida de los francotiradores” hoy reconstruida casi en su totalidad, en un tranvía de dudoso mantenimiento, que podría corresponder a los que circulaban en los años 50 del pasado siglo. Toda una aventura urbana. El atraso en el nivel de vida por los acontecimientos recientes se evidencia (cuesta pensar que Sarajevo fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1984) y se nota en la indumentaria de la gente que, no obstante, se empeña en sonreír y ser amable. Mujeres con la cabeza velada junto a chicas de ombligo descubierto, a la europea más recalcitrante, circulan junto a hombres de tez morena; y muchos, sentados en cafeterías, toman café al estilo turco y fuman pipas de agua. La gastronomía, aunque más especiada que la nuestra, es excelente, sobre todo en los postres, y a precios muy asequibles.

Y por fin, Mostar, corazón de Herzegovina, como colofón de un viaje muy interesante. También sobre el Neretva, su puente medieval; el original desgraciadamente perdido y hoy felizmente reconstruido, signo de pacificación impuesta. Las fuerzas de Naciones Unidas, por cierto, pueden verse patrullando por sus calles, sin pudor. Las fachadas de la ciudad atestiguan la desgracia de la metralla, el sufrimiento humano y el efecto devastador de la última guerra. Y, como ejemplo, los restos de la fachada modernista del que fuera teatro municipal se izan desafiantes frente a un pequeño cementerio (antes jardín público). Son muchos los jardines reconvertidos en cementerios “teníamos que enterrar a nuestros muertos, y no nos podíamos andar con remilgos”, comentaba la guía local. Sin embargo, el perfil de sus lápidas blancas salpicadas de estelas, algunas con foto incluida, no choca; es suave y se confunde con el contorno de los árboles; parece como si ellos, los muertos, permanecieran sentados en los antiguos bancos, con dignidad, saludando al paso del transeúnte. Es como si la muerte se hubiera instalado en las vidas de éstos como algo natural, intangible, como un recordatorio de que disfrutar de lo efímero equivale a vivir más intensamente. De hecho, en el mercadillo junto al puente medieval, al estilo del zoco hermano de Sarajevo, algo me llamó poderosamente la atención: souvenirs hechos con casquillos de balas, proyectiles y morteros; el metal de armas letales cuidadosamente labrado por artesanos allí mismo y ofrecido a turistas a precio de saldo, previo regateo. Ante mi curiosidad, uno de los artesanos, respondió sin titubeos: “Tenemos que sobrevivir”. Y, efectivamente, la economía bosnia es en su mayor parte sumergida, casi de supervivencia, con un 40% de paro. Un mal reconvertido, pensé, y me compré un bolígrafo fabricado a partir de dos balas, aunque dudo que lo llegue a usar nunca, porque aquí, en el rincón pacífico de mi casa, el artilugio adquiere otro sentido. Por cierto, nuestro idioma, el español, está en alza. ¿El Instituto Cervantes? ¿Los militares españoles destacados en la zona? ¿El turismo que vuelve, poco a poco? Pues poca influencia. Las interminables telenovelas latinoamericanas en versión original subtitulada son el mejor valedor de nuestra lengua. Aunque matizada con la ternura de un “ahorita” o ese tratamiento respetuoso del usted que los españoles venimos sustituyendo de un tiempo a esta parte por el tuteo indiscriminado. Creo adivinar que fue por su simpatía con mi nacionalidad, por lo que me hicieron un descuento más favorable en el mercadillo.

Si algo tengo que destacar de Bosnia-Herzegovina es, sin duda, la dignidad.

En fin, amigos, sólo espero haber transmitido, desde la torpeza de mi escritura apasionada, un sentimiento amable hacia los dos pueblos, croata y bosnio. Y hacia su patrimonio en paz. A mí, ya veis que me han impresionado muy favorablemente.

Escrito por Quintin de Parma
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